Las movilizaciones que inspiran la huelga por la vivienda del 11N
La jornada de ocho horas no fue un regalo: las movilizaciones que inspiran la huelga por la vivienda del 11N. El 11 de noviembre se producirá la primera huelga general convocada por los sindicatos mayoritarios desde 2012. En este caso ha sido la crisis de la vivienda la que ha provocado el estallido social.
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‘Público’ analiza los derechos conquistados en España gracias a este derecho de los trabajadores y otras tantas protestas ciudadanas.
Quedan apenas unos días para que se produzca la primera gran huelga general convocada por los principales sindicatos laborales desde 2012. La de entonces, también en noviembre, denunciaba las políticas de austeridad del Gobierno de Mariano Rajoy y, en especial, la reforma laboral que ese año entró en vigor. Fue una jornada histórica que extendió el malestar a las calles de todo el sur de Europa.
Desde entonces no se había producido un paro masivo en todo el territorio español. Sí que se han convocado otro tipo de huelgas, entre las que destacan las feministas de 2018 y 2019. En ambas, UGT y CCOO convocaron paros de dos horas, aunque hubo sectores específicos que pararon la jornada completa. La movilización feminista del 8 de marzo de 2018 amplió el significado de una huelga: además del empleo, se llamó a parar los cuidados, el consumo y las aulas para mostrar cuánto depende la sociedad del trabajo de las mujeres, también del que no se paga ni se reconoce. Bajo el lema Si nosotras paramos, se para el mundo, se llevó a las calles la brecha salarial, la precariedad o la violencia machista. Su fuerza desbordó las calles y situó la igualdad en el centro de la discusión pública.
El siglo XX y las huelgas por la vivienda
A pesar de que, desde las organizaciones de empresarios, se ha puesto en entredicho el 11N por considerar que no tiene un carácter laboral, sindicatos de trabajadores y de vivienda han insistido en la íntima relación entre salarios, condiciones laborales y hogar. Una de las herramientas divulgativas de las que se ha valido el Sindicato de Inquilinas es, ni más ni menos, que la historia reciente.
En un encuentro con periodistas, desde el Sindicato de Inquilinas de Madrid defendieron recientemente que la vivienda es «un derecho por conquistar», como muchos otros. Recuerdan que la sanidad universal o la educación pública también se consiguieron a través de la organización popular y esperan que, con mecanismos similares, pueda avanzarse hacia un modelo residencial con mayor presencia de lo público. Siguiendo con este argumentario, en su web Huelga por la vivienda han recopilado algunas de las grandes luchas en esta materia en el último siglo.
Uno de los grandes hitos en los que se inspiran actualmente los activistas son las huelgas de alquileres que tuvieron lugar en Glasgow en 1915. Decenas de personas se negaron a asumir las drásticas subidas de rentas a las que habían sido sometidas y alrededor de una veintena de ellas acabaron siendo enjuiciadas. La indignación derivó en una gran movilización, a la que se sumaron empleados de la industria y los astilleros. Todo aquello culminó con la promoción de las primeras leyes de regulación de alquileres en el país.
En España, los primeros meses de la II República fueron escenario de importantes movilizaciones en torno al precio de los alquileres. La Liga de Inquilinos de Sevilla y el movimiento anarquista lideraron una huelga exigiendo una reducción del 50% del precio de los alquileres, la supresión del subarriendo y mejoras en la salubridad de los edificios. Aunque varios huelguistas fueron detenidos y otros tantos desterrados, se acabaron asumiendo algunas de sus demandas y se bajó el precio de los arrendamientos.
A ella le siguió la histórica huelga de alquileres de Barcelona impulsada por la CNT. Unas 100.000 familias dejaron de pagar a su casero durante ocho meses. Además, el malestar de los barrios derivó en una huelga de dos días. El resultado final fue una prórroga obligatoria de los contratos y la fijación de un tope en el precio de las rentas.
Las mujeres de la clase trabajadora jugaron un papel esencial en la organización y resistencia de este movimiento, así como en la prevención de los desahucios. «Aunque históricamente han estado muy invisibilizadas, las mujeres, los jóvenes e incluso los niños han estado muy presentes en la lucha social y en las huelgas de consumo. A finales del franquismo y durante la Transición, por ejemplo, tuvo un gran peso la organización vecinal en la mejora de los barrios y los avances democráticos», explica Ainhoa Campos, profesora de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.
No solo se denunciaba el precio de la vivienda, sino la falta de oferta o el mal estado de algunas calles y edificios. Más tarde, durante la Transición y ya entrado el siglo XXI, han cobrado importancia las movilizaciones identitarias y en apoyo a las minorías más vulnerables. Esta confluencia de luchas no es un fenómeno aislado, sino la continuación de una larga tradición de movilización social en España.
Dos siglos de huelgas generales
«La lucha social y la huelga han sido extremadamente importantes en España y, en especial, en Catalunya. No se entiende la historia de España sin ellas. De hecho, han sido punta de lanza del movimiento obrero e internacionalista a nivel mundial. No hay que olvidar que la jornada de las 8 horas fue obra de los sindicalistas catalanes«, señala Gerard Pamplona, graduado en Historia por la Universitat de Lleida, a Público. El académico recuerda que las tensiones sociales han sido una constante desde el inicio de la revolución industrial y durante toda la primera mitad del siglo XX, marcando el final de la dictadura de Primo de Rivera, de la II República y del franquismo.
La primera huelga general en territorio español se produjo en 1855. Ese año decenas de miles de trabajadores paralizaron fábricas catalanas denunciando la prohibición de las asociaciones obreras. Desde entonces, se han convocado decenas. Para Pamplona, una de las más icónicas fue la Huelga de La Canadiense, en Barcelona, que, tras paralizar la ciudad durante 44 días, consiguió que España fuera el primer país en decretar por ley la jornada máxima de 8 horas. «Catalunya es un territorio con una larga tradición obrera. Si nos vamos más atrás, la revuelta de los remensas terminó con la sentencia arbitral de Guadalupe, la primera sentencia en España que reconocía los derechos de los campesinos», añade.
Campos también destaca el papel del Principado de Asturias: «La revolución del 34 empezó con un movimiento huelguístico, pero este territorio ya tenía una tradición obrera muy fuerte. Los mineros siempre han estado muy organizados y siguieron teniendo un papel fundamental en las protestas del franquismo». En 1962 se produjo en esta región la conocida como «huelgona», el mayor desafío al que se enfrentó la dictadura, en la que participaron unos 300.000 trabajadores.
Euskadi es otra de las comunidades autónomas que ha protagonizado protestas de relevancia durante este periodo histórico. De hecho, Campos recuerda que en Bizkaia se produjo el paro más largo del franquismo, que duró 163 días. La convocaron los trabajadores de la fábrica de Laminación de Bandas en Frío en Etxebarri. La más masiva, de carácter estatal, se fecha en 1988, ya en plena democracia. Uno de los momentos más destacados de aquel día fue el corte en la señal de Televisión Española a las 00.00 horas de aquel 14 de diciembre, un hecho insólito. Se logró al final la retirada del plan de empleo que precarizaba el trabajo juvenil.
«La protesta social explica que el franquismo se transformara en una democracia. En los años 70 hubo una explosión huelguística tremenda, en la que participaron muchos estudiantes y personas jóvenes. Pero hubo huelgas con Franco vivo, cuando te podía costar el puesto de trabajo o la vida», reivindica la historiadora. Muchas tuvieron carácter laboral y consiguieron que el Régimen tuviera que negociar y aprobar algunas mejoras salariales o de seguridad, o incluso forzar la promulgación de una ley de convenios colectivos.
La historiadora también destaca el papel que tuvieron las huelgas de consumo, como la convocada en 1951 contra la subida de las tarifas del transporte público. Miles de personas dejaron de usar este servicio, provocando una congelación de los precios, además de la destitución inmediata de los gobernadores civiles. «Casi todos los derechos que a día de hoy tenemos, tienen su origen en movilizaciones de algún tipo», sostiene. El descanso dominical, la semana laboral de cinco días, la escolarización obligatoria, las jubilaciones o la extensión del transporte público a las zonas de origen obrero son algunos de los ejemplos que le vienen a la cabeza.
No olvidar el pasado
Ambos historiadores coinciden en la importancia de que las nuevas generaciones estudien y conozcan esta parte de la historia de España, al igual que la represión y violencia que sufrieron quienes protagonizaron estos estallidos sociales. «La lucha de clases que vivió España desde finales del siglo XIX hasta finales del franquismo es constante y se pagó con exilio, detenciones, despidos masivos y hasta ejecuciones sumarias», recuerda Gerarda Pamplona.
A pesar de ello, lamenta que gran parte de la sociedad «haya olvidado lo que significan los derechos conquistados». «En las últimas décadas ha habido una epidemia general. Se han dado por hecho cosas que la propia historia no demuestra que pueden quitarnos en cualquier momento. Para proteger derechos, desde la vivienda al empleo hay que presionar», añade.
Campos coincide con esta reflexión y reitera el coste personal y económico que hay detrás de estas conquistas. «Aunque cada vez se habla más de todo esto, hay dos problemas básicos de fondo. Cuando hablamos de historia solemos pensar en grandes personajes y en grandes hechos, y se nos olvida la presión social y todo lo que está relacionado con la gente de a pie. El otro problema es el olvido, damos por hecho lo que tenemos y nos olvidamos de cuánto llegar hasta aquí«, explica.