¿Cisma en el capitalismo? El modelo chino contra el estadounidense

¿Cisma en el capitalismo? El modelo chino contra el estadounidense

El capitalismo ha triunfado, es el sistema económico que gobierna el mundo. Pero dentro de él se está produciendo un cisma entre dos modelos.

Por un lado, el capitalismo liberal liderado por Estados Unidos, basado en la privatización de los medios de producción, la meritocracia y la movilidad social. Por otro, el capitalismo de Estado liderado por China, que se caracteriza por una burocracia tecnócrata, la arbitrariedad de las leyes y la involucración del Estado en el mercado. Estos dos modelos lucharán durante el siglo XXI por la legitimidad y la hegemonía mundial.

Por primera vez en la historia, un único sistema económico, el capitalismo, domina el mundo. Este sistema socioeconómico se caracteriza por la propiedad privada de los medios de producción con fines de lucro, la acumulacion de riqueza por medio del trabajo y una planificación descentralizada, sin que el Estado tenga el monopolio de la toma de decisones económicas. Sin embargo, este dominio sin precedentes se ha consolidado a través de dos modelos socioeconómicos distintos, propuestos por el economista Branko Milanovic en su último libro, Capitalismo, nada más. Por un lado, el capitalismo liberal, que ha evolucionado del capitalismo clásico en las democracias de Europa, América del Norte, India y Japón durante los últimos doscientos años. Por otro, el capitalismo de Estado, que predomina en países autoritarios como China, Rusia, Vietnam o Singapur.

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El capitalismo liberal se caracteriza por que el sector privado es responsable de la mayoría de la producción, por la meritocracia y por las oportunidades de movilidad social a través de la redistribución de la riqueza y los servicios públicos. A priori, las sociedades reguladas por el capitalismo liberal deberían ser bastante igualitarias, gracias a los impuestos y a contar con un estado del bienestar. Además, la meritocracia permite que mujeres y minorías étnicas puedan acceder al mercado laboral. Otras ventajas del capitalismo liberal son la democracia y el estado de derecho, que tradicionalmente han fomentado la innovación y la movilidad social, promoviendo así el desarrollo económico. 

Por otro lado, en las décadas posteriores a la caída de la URSS ha surgido un modelo distinto: el capitalismo de Estado. En este modelo, el poder está en manos de una burocracia tecnócrata cuya legitimidad se basa en conseguir un crecimiento económico constante. No hay ningún mecanismo de control al Gobierno autoritario, y la élite burocrática usa la ley arbitrariamente para castigar a oponentes y proteger sus intereses. Las diferencias irreconciliables entre estos dos modelos de capitalismo no son fruto de circunstancias geográficas o culturales, sino que tienen su origen en cómo se industrializó Occidente en comparación con el resto del mundo. 

Occidente y el resto del mundo, caminos divergentes

Los orígenes de la industrialización en Europa se remontan al siglo XVIII en Gran Bretaña, cuando una serie de innovaciones, como la máquina de vapor, revolucionaron la producción y el transporte. La industrialización se extendió gradualmente por toda Europa, provocando una transformación económica, política y social sin precedentes. Poco después, y a causa del gran aumento de la producción, los países industrializados empezaron a buscar otros mercados donde vender sus productos y obtener materias primas. Esta urgencia llevaría a los países europeos a establecer colonias fuera de Europa.  

La Revolución Industrial se extendió gradualmente desde Gran Bretaña a toda Europa. 

La colonización europea acabó con cualquier oportunidad de industrialización y de crear economías de libre mercado en el resto del mundo. La economía de las colonias se orientó a la explotación de recursos naturales para la metrópolis, lo que impidió el desarrollo industrial y económico. Tras la colonización europea, los Gobiernos de las antiguas colonias entendieron que la industrialización era demasiado importante para dejarse a cargo de los caprichos del libre mercado. El Estado, ya fuera una dictadura militar o un régimen comunista, tomó las riendas del país, interviniendo en la economía y elaborando planes para el desarrollo industrial.

El milagro asiático

Asia fue uno de estos lugares donde el Estado tuvo un gran peso en la industrialización. En China, el Partido Comunista impuso las reformas necesarias para crear una economía industrial. En la primera fase de industrialización, el Gobierno chino se inspiró en el modelo de economía planificada de la Unión Soviética, sin grandes resultados. Solo con la llegada al poder de Deng Xiaoping, a finales de los setenta, China se abrió a la inversión extranjera. Deng impulsó reformas para reconocer la propiedad privada de la riqueza y los bienes de producción, pero se aseguró de que el poder seguía en manos del Partido Comunista.

Tras el colapso de la URSS, los países comunistas asiáticos se subieron a la ola de la globalización, pasando de una economía planificada a una capitalista. Pero esta transición no se acompañó de una democratización de las instituciones, y el poder siguió en las manos de Gobiernos autoritarios. Así ocurrió en Rusia, que tras la disolución de la URSS se convirtió en una economía de mercado sin llegar a democratizarse. Pese a todo, la transición al capitalismo de Estado y la integración de sus economías en el mercado mundial han traído un crecimiento económico sin precedentes en Asia. 

En el año 2000 Asia representaba algo menos que un tercio del PIB mundial en paridad del poder adquisitivo. Ahora se estima que podría alcanzar el 50% en 2040, con un consumo total del 40% mundial. A este progreso económico hay que sumarle el rápido desarrollo humano, incluyendo el aumento de la esperanza de vida, la alfabetización o el uso de internet. Incluso aquellos países con sistemas de gobierno democráticos y capitalismo liberal, como India e Indonesia, han vivido un crecimiento económico sin precedentes. Como resultado, el poder económico se está moviendo de Occidente a Asia, que por primera vez desde la Revolución Industrial tiene ingresos y producción económica similares a los de Europa occidental y América del Norte. 

La crisis del modelo occidental

El crecimiento económico de Asia ha coincidido con el surgimiento de dudas sobre la efectividad y sostenibilidad del capitalismo liberal en Occidente, debido en gran parte al crecimiento de las desigualdades. Durante las últimas décadas se ha desarrollado una nueva clase alta occidental producto de la digitalización y del libre mercado. Sus miembros están altamente cualificados y ganan sueldos elevados, y perpetúan sus privilegios invirtiendo en la educación de sus hijos y en influencia política.  

Mientras las élites se aprovechan del capitalismo liberal para afianzarse en la cima de la escala social, el resto de la sociedad ve cómo sus salarios se estancan y la desigualdad crece. En los países de la OCDE, el 10% más rico posee casi la mitad de la riqueza total; el 40% más pobre solo el 3%. Como resultado de estas desigualdades, los ingresos de las clases medias se han reducido o estancado durante los últimos treinta años, mientras el coste de vida ha aumentado. A su vez, las oportunidades de movilidad social se han reducido a medida que la economía se digitaliza, un escenario al que las élites se pueden amoldar pero que hace peligrar las perspectivas de futuro de la clase media. 

Los salarios han crecido mucho en Asia en la última década, mientras que en Occidente se estancaban o incluso se reducían.

La recesión económica del 2008 no hizo más que acelerar esta tendencia, provocando una caída del crecimiento económico en los países desarrollados. Los beneficiarios de la globalización son, en gran medida, las élites y los trabajadores en países de desarrollo. Por el contrario, los empleos de la clase media se iban a otros países y crecían las desigualdades. Es por ello que las clases medias se ven como víctimas de la globalización y culpan al libre comercio y las élites económicas de su pérdida de estatus económico y poder social. Esto ha alimentado la percepción de que el capitalismo liberal es injusto, generando una crisis de legitimidad en el sistema y abriendo la puerta a populismos de derecha e izquierda. 

La disputa entre ambos sistemas

El crecimiento económico de China y su expansión geopolítica mundial han hecho que su modelo económico compita con el capitalismo liberal liderado por Estados Unidos. Al ignorar los procedimientos democráticos, el capitalismo de Estado permite tomar decisiones de manera más rápida y eficaz, facilitando que el Gobierno mantenga el crecimiento económico y la legitimidad. Esta es, a su vez, la desventaja más peligrosa de este modelo: el Gobierno siempre está en peligro de ser derrocado si no produce los resultados económicos esperados, lo que puede llevarle a tomar decisiones económicas arriesgadas.

El proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda es un buen ejemplo de ello. China ha invertido entre uno y ocho billones de dólares desde 2013 en este proyecto de infraestructuras, que pretende acercar a las empresas chinas a nuevos mercados en Asia, Europa y África. La falta de mecanismos democráticos ha permitido que el proyecto avance rápidamente. Por el contrario, en un país democrático como España, la construcción de infraestructuras como el Corredor del Mediterráneo se ha pospuesto durante décadas por debates políticos. De salir bien, la Nueva Ruta de la Seda ayudaría a mantener el crecimiento económico y la legitimidad política en China, pero es un proyecto arriesgado por, entre otras razones, la inestabilidad social de otros países participantes, como Pakistán.

Otro de los problemas del capitalismo de Estado es la corrupción. La falta de control democrático ha empoderado tanto a las élites que la corrupción está muy extendida en los países con capitalismo de Estado, llegando a convertirse en una parte integral de la vida política. Pero si no se controla, puede convertirse en otro peligro a la legitimidad del sistema, generando malestar y críticas entre los ciudadanos. Los Gobiernos de estos países son conscientes del riesgo, y en países como China se han incrementado las medidas anticorrupción y se arresta regularmente a altos cargos corruptos.  

Frente a esto, la principal ventaja de los países con capitalismo liberal es que son democráticos. Al celebrar elecciones regularmente, la democracia puede corregir tendencias sociales y económicas que a largo plazo pueden ser dañinas. Paradójicamente, esta es también la gran desventaja de este modelo: que cada cada pocos años se roten en el poder Gobiernos con ideas muy distintas puede conducir a cambios bruscos de rumbo que impidan seguir una hoja de ruta firme. Por ejemplo, la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2016, con política de aranceles, supuso un giro de 180 grados a décadas de libre comercio en Estados Unidos.

De la misma forma que antes lo hicieron el capitalismo y el comunismo, durante las próximas décadas el capitalismo liberal y el de Estado se enfrentarán por la hegemonía. ¿Cuál de los dos ganará? Será el que consiga corregir sus desventajas y ser más atractivo a los ojos de los ciudadanos por su efectividad y sostenibilidad. Si el capitalismo de Estado es capaz de mantener sus altos niveles de crecimiento económico podría ganar legitimidad también en Occidente, a pesar de ser un modelo autoritario. Por otro lado, si el capitalismo liberal quiere recuperar su popularidad, es imprescindible que reduzca las desigualdades. Más si cabe cuando todo indica que la crisis generada por la pandemia exacerbará la brecha entre clases sociales, y con ello la crispación política y social en Occidente.

 

Marta Granados

FOTO: Fuente: idccollage

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