«CELIA CORREA: un homenaje» por Alberto Granados

«CELIA CORREA: un homenaje» por Alberto Granados

El pasado  4 de junio, año y pico después, volví al salón del Centro Artístico, Literario y Científico de Granada para participar en un homenaje a su presidenta actual, Celia Correa Góngora. Se trataba de una sigilosa maniobra gestada en la mente de Francisco Gil Craviotto, que ha buscado colaboraciones de forma secreta, clandestina casi, para que a la homenajeada no le llegara la onda de lo que se preparaba. De hecho, ella acudió al acto creyendo que se iba a hablar del próximo libro de Gil Craviotto y se sentó en la mesa de los intervinientes con sus notas de lectura sobre el mencionado libro. Nada más empezado el acto, Juan Chirveches, que actuaba de maestro de ceremonias, cambió repentinamente el sentido de todo al hablar de otro libro: Gil Craviotto abrió un sobre y sacó un ejemplar cuyo título es «Homenaje a Celia Correa Góngora. Coordinado por Francisco Gil Craviotto». La cara que puso Celia, el aplauso y la entrada en la sala de su marido, su hija y varios hermanos fueron realmente emotivos. Marijose Muñoz, la recitadora casi imprescindible en los saraos del Centro, con su voz que es un regalo y su sugerente dicción, leyó algunas notas de ausentes, algún poema (de Marina Tapia, de Fernando de Villena) y después fue apareciendo de forma improvisada un caudal de anécdotas sobre la aparición del libro, sobre las inocentes ocultaciones por parte del marido, Pepe Mondéjar, que estaba en el ajo desde el primer momento, sobre el papel que algunos (el propio Chirveches y yo mismo) hemos desempeñado en la maquetación y corrección de los sucesivos borradores. Todo cálido, directo y entrañable, sin protocolo y sin ampulosas declaraciones.

La mayor parte de las colaboraciones ensalzan la figura de esta mujer que se implica en los problemas de Granada y que, cuando estaba a punto de desaparecer por dificultades económica, hizo remontar el Centro, la institución cultural más antigua de la ciudad (136 años ya) y devolverle el brillo que tuvo desde su origen. El periodista Antonio Arenas ha publicado la crónica en Ideal.

El salón se habría llenado si no hubiera sido por las restricciones sanitarias que impone la pandemia, pues Celia suscita empatía a quienes la conocemos. El libro contiene 31 textos, todos repitiendo el mismo motivo: la valía de esta luchadora mujer. Yo decidí escribirle un cuento (fue el verano del año pasado, en Calahonda) en que circunstancias de su biografía se mezclan con otras totalmente imaginarias, pero siempre dibujando a un cuádruple personaje en el que todos reconocemos el tesón de la protagonista.

Ahora a celia Correa le queda disfrutar su momento de gloria y seguir tirando de un carro difícil. Quienes la conocemos sabemos que esfuerzo y voluntad no van a faltarle.

Este es el cuento:

TRANSMIGRACIONES

          La Cátedra de Parapsicología y Temas Ocultos de la Universidad de Jauja ha publicado un reciente estudio del Profesor Obtuse sobre las transmigraciones de almas. Según el sagaz estudioso, la tecnología actual permite seguir el rastro de algunas almas, sus sucesivas encarnaciones a lo largo del tiempo, aunque reconoce que las conexiones no siempre funcionan y se producen saltos inexplicables en los que el alma de alguien parece quedar difuminada. Tanto la mencionada Cátedra, como el Profesor Obtuse suelen ser objeto de críticas del estamento científico, que habla de rigor racional frente a credulidad inducida, muy próxima a la superstición y por tanto fraudulenta.

          Racionalista yo, he leído con escaso interés el estudio, que finalmente me ha sorprendido por su ambigüedad y sus aventuradas hipótesis. Según la investigación, en el s. XVIII, en los años del más encendido furor enciclopedista, doña Paz Dorronsoro, una dama de la burguesía jaujana, viajó a París para visitar a su hijo, que ejercía de diplomático en la capital francesa. Mujer ilustrada e inquieta, se había formado entre hacendados, esclavos y plantaciones, en un ambiente de hombres que decidían y ordenaban, sin contar en absoluto con las mujeres, quienes sólo aportaban sus fortunas y su belleza a la inmutabilidad de aquellos esquemas sociales. Paz, desde pequeña, se había formulado muchas preguntas y había escrutado los rostros infelices de su madre y las otras señoras que la familia frecuentaba y comprendió que o empezaba a espabilarse o su vida sería tan pobre como las de aquellas damas. Ni ella misma habría sabido expresarlo, pero se sentía siempre una mujer decisiva en la época del libro que estuviera leyendo. Era una Hipatia cuando leía sobre el mundo clásico, una Scherezade si se ocupaba de temas orientales, una Beatriz Galindo cuando el tema de sus lecturas era el Siglo de Oro o bien se veía a sí misma como una Sor Juana Inés de la Cruz si su pensamiento se ocupaba de la realidad latinoamericana. Empezó a leer y analizar biografías de mujeres que, de no serlo, serían ilustres, en vez de haber quedado para la Historia como bichos raros, siempre fuera del sitio que se les tenía asignado.