28 febrero 2024

El problema fundamental es que no se sabe bien si don Ramón, convertido ya en su propia caricatura picassiana, se ha enterado muy bien de qué va la cosa esta de la moción de censura.

Ramón Tamames, allá por los años sesenta-setenta tenía algo de regeneracionista, de rebelde con causa, de maestro con la tiza en la mano (ha escrito algunos de los grandes manuales para entender la economía del tardofranquismo y de la Europa posterior a la II Guerra Mundial), de profesor despistado buscando las gafas mientras las sujetaba entre dos dedos. Luego, el camarada señorito se enfurruñó con Santiago Carrillo, abandonó el PCE y se hizo un rato de centroderecha, en plan tránsfuga de IU, para apoyar a Rodríguez Sahagún en los últimos coletazos del CDS. Pero sucedió que no le dieron un destino cierto dentro de las estructuras de poder, y como ser desertor de todas partes no acrecienta el prestigio, la figura de hombre de Estado que él pretendía, se concentró en la retórica del despropósito y en sus tratados de economía cada vez más tremendistas. Lo cual que se ha ido convirtiendo en un personaje valleinclanesco, al estilo de don Gay Peregrino, quejoso perpetuo y andariego incansable a la espera de la penúltima oportunidad. Y ese espejismo de quedar para la Historia y sus historias se la ha dado Vox, esta ultraderecha rampante de protagonismo, de ambición de foco, ahora que la los extremismos van dejando de estar de moda. Lo cual que esa foto/chiste de doce hombres sin piedad que representa a quienes quieren juzgar el futuro del país haciéndole una moción de censura a Pedro Sánchez huele a alcanfor de pasado en blanco y negro, a patriarcal ranciedumbre trasnochada, a irracionalidad de quien no actúa como debiera por oportunismo barato (Abascal) o por empeño de notoriedad (Tamames).

El problema fundamental es que no se sabe bien si don Ramón, convertido ya en su propia caricatura picassiana, se ha enterado muy bien de qué va la cosa esta de la moción de censura. Si es consciente de que obliga a tener un proyecto que trascienda la greguería, la glosa bullanguera que tanto le gusta a la ultraderecha o los auto-homenajes a los que es tan aficionado él, según contaba Umbral. A tenor del discurso que nos han filtrado parece que no, que los españolitos vamos a tener que sobrellevar con resignación otra ronda de vacuidades de un estadista de salón sobre la idea de España, la autocracia que habitamos, la plurinacionalidad española, el cuidado medioambiental, la división de poderes y no sé cuántas cosas más, todas mezcladas, sin orden ni concierto. Con este batiburrillo ideológico cabe tener dudas razonables de si los propios proponentes le van a mantener el apoyo, no por edad, sino porque continúa perdido en su laberinto, en una maraña ininteligible. Evidentemente no es una cuestión de edad, por lo menos no a priori. Tierno Galván, Manuela Carmena, Miguel Ángel Revilla o Francisco de la Torre evidencian que se respetan la capacidad, la generosidad y las canas. Frente a ellos, definidos por su gestión pública eficaz, está un Ramón Tamames que se retrata aferrado a esta estrategia absurda para pasar a una posteridad de la que no va a ser ni siquiera una nota a pie de página. Esto es lo lamentable, lo que deja un regusto de amarga tristeza: constatar cómo un anciano, que tuvo la oportunidad ultimísima de salvar su dignidad de estudioso, aún con sus luces y sombras, hace el ridículo estrepitosamente sin que nadie lo proteja.

FOTO: VOX

 

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