«Gran Casino» por Alberto Granados
Uno de los elementos que jamás faltará en una comunidad es el casino, llámese peña, club, asociación o exhiba en sus membretes cualquier otra denominación.
Este tipo de grupo aparece abundantemente en la literatura costumbrista, tal vez teniendo como máximo exponente el de La Regenta. El viejo casino provinciano de Machado es ese ámbito donde el tiempo parece no transcurrir con la lógica interna del reloj, sino con la maledicencia, el chismorreo, el rencor y la calumnia. Supongo que en el momento fundacional de este tipo de grupos está el sentido de pertenencia a una aristocracia local, a un grupo que se siente más elevado y para reafirmar esta pretendida superioridad, excluye a los que no han alcanzado el nivel social necesario.
En mi niñez y mi adolescencia yo pasé interminables ratos en el de mi pueblo, llamado púdicamente Peña Cultural. Un local perteneciente a una iglesia derruida por las bombas de la aviación nacional. El local comprendía un enorme salón con tresillos, tarimas con braseros, un televisor y, de manera previsible, los retratos de Franco y José Antonio presidiéndolo todo. Había también una cafetería, un salón de juego conocido y otro más privado donde se jugaba mucho más que la consumición de los cafés y las copas.
Era un tiempo en que el juego estaba tan prohibido, como efectivamente camuflado, un paripé local dentro del gigantesco paripé nacional del Régimen. Alguna vez que otra, la pareja de la Guardia Civil aparecía para investigar, y las cartas prohibidas aparecían a la mañana siguiente en los balcones de mi amigo Salva, que vivía enfrente y tenía cientos de barajas descabaladas.
La Peña Cultural, que jamás consiguió dejar de ser conocida como “el casino”, permitía la entrada de las familias de los socios, proceso controlado por un conserje que nos conocía a todos y era la quintaesencia de la amabilidad. Aquel casino tenía el tono clasista y excluyente que correspondía, pero eran cosas de la época y nadie veía aquello como anormal.
El casino cobraba su importancia esencial cuando organizaba los bailes de Nochevieja, Carnaval, Domingo de Resurrección, Día de Santiago y las ferias de septiembre. Eran bailes con lo que entonces se conocía como conjunto músico-vocal y casi se requería que la cantante, llamada “animadora” en los programas oficiales, fuera una mujer de buen ver, invitada siempre a la mesa presidencial.
Cuando llegaba el calor, los ventiladores resultaban insuficientes y el casino se abría a la calle ocupando un espacio que suponía casi la cuarta parte de la plaza pública. Se acotaba dicha superficie con unos postes de madera de los que colgaban unas cuerdas. Si estábamos jugando a pillarnos y nos veíamos perdidos saltábamos la cuerda y le soltábamos a nuestro perseguidor:
—Ahora te aguantas, que tu padre no es socio.
Juego limpio y conciencia social, como puede verse, no es que nos sobraran, pero esas desigualdades nos parecían de una normalidad perfectamente asumible.
También disponía el casino de una zona acotada en el enorme parque municipal, el llamado Patio Andaluz, donde había una gran pista de baile, un escenario hecho de madera y una barra de bar. Íbamos de traje a aquellos bailes, las chicas muy arregladas, y siempre los padres y madres controlando que no se produjera ninguna conducta censurable.
Cuando abandoné el pueblo, mis planteamientos ideológicos cambiaron y opté por dejar atrás ese regalado clasismo, así que me di de baja en el casino, en el que no he vuelto a poner un pie en casi sesenta años. Por esa época, el franquismo quedó oficialmente abolido y se inició la Transición. En poco tiempo, la alcaldía del pueblo pasó a manos socialistas.
Los socios del casino, viendo venir los efectos del cambio político, compraron un solar frontero al perímetro del parque y allí reprodujeron el recinto del Patio Andaluz, ahora en terreno propio. Y por supuesto, la zona acotada de la plaza desapareció, creando una situación menos privilegiada.
Pero hubo otro cambio: algunos vieron que el contexto social de los socios, con una cifra muy ampliada en aquellos años setenta, estaba empezando a flaquear. Ya no había ese consenso aristocrático, pues se habían hecho socios mucha gente de medio pelo. Y eso no era fácil de asumir, así que hubo quienes echaron a andar una nueva asociación, el Club de Tenis, para el que compraron una zona de huertas y edificaron salones, piscinas, pistas… El sentido de clase había salvado sus muebles y la rueda empezó a girar, hasta que surja una nueva e imperiosa necesidad de sentirse elite. ¿Será un club de pádel, de equitación o de tiro con arco? Eso es lo de menos. El tiempo gris siempre adormecerá las tardes de un casino de pueblo en el que se reproduzcan los dicterios políticos que acusaba don Antonio Machado.
FOTO: CASINO DE ALCAUDETE