«DOS SEGUNDOS» por Remedios Sánchez
Dos segundos son el intervalo necesario para cuatro parpadeos, el destello de un relámpago, una sonrisa apenas esbozada o el aleteo fugaz de una mariposa.
En ese lapso diminuto se puede pronunciar el vocablo ‘murmullo’, cabe un gesto de ternura inesperado, el inicio de una caricia apresurada que lo diga todo. Dos segundos son suficientes también para la mirada última que intenta retener lo que ya, inevitablemente, se escapa. Para un accidente de tren, para que el trasiego del mundo se rompa en mil pedazos para siempre y lo que era certeza se desvanezca en lo imprevisto que no tiene retorno. Suponen el tiempo exacto que separa la ilusión esperanzada de la muerte absurda convertida ya en eterna frontera inmisericorde que lo frena todo a perpetuidad.
Es curioso: nosotros, criaturas pequeñas que van y vienen con sus afanes, con sus frustraciones y sus luchas, con sus pasiones y sus tristezas de corazón herido que intenta buscar un motivo para levantarse cada día, nos negamos a pensar siquiera que un instante tan breve pueda determinar, como un hachazo, el destino último. Pero es que dos segundos bastan para truncar el curso de una historia, para que el silencio, que siempre suele ser una mala señal, sustituya a todo lo decible.
Quizás por eso convenga recordar que es preciso ser conscientes de que cada momento es irrepetible, porque en esa fugacidad que tantas veces se nos escapa sin darnos cuenta se oculta la esencia de lo que significa estar. Existir no implica solo avanzar ni dejar que trascurra la monotonía de las horas; es mirar con calma alrededor, respirar hondo observando el mar o detenerse ante un atardecer sobre La Alhambra y dejar que la luz dorada de sus muros acaricie la memoria. Es decir, dejar que la lluvia nos sorprenda con su risa, rozar con la palma de la mano el tronco de un árbol y celebrar cada detalle con las personas correctas y en los lugares adecuados, sabiendo que la belleza es también una forma de gratitud.
Porque estas negras tragedias personales o colectivas que aprietan el cuello y ahogan el ánimo, irrumpen sin avisar y transforman en llanto todo nuestro universo minutísimo. Tal vez vivir -cuando se vive de verdad- sea eso: una suma de momentos que, cuando se habitan conscientemente comprendiendo que somos seres inmensamente frágiles, alcanzan valor de eternidad.