Inundaciones en Granada
Inundaciones en Granada: la crecida del Genil en el 48, el reventón del Darro en el 51 y el ‘gran genio’ del 85. Un recorrido histórico y visual por las anegaciones de las principales arterias fluviales de la capital granadina
Ya no llueve como antes. Eso dicen los mayores, que han visto al Genil enfurecerse de verdad. Hoy en día lo contemplamos manso, casi doméstico, acompañando a las familias que pasean los domingos hacia Pinos Genil o avanzando tímido, con el cauce ralo, junto al embarcadero del Puente Romano. Cuesta imaginar que ese mismo río sea una amenaza. Pero los más mayores sí que recordarán que la lluvia daba miedo. Las crecidas eran sinónimo de muerte, ruina y barro hasta las rodillas.
Esta imagen de arriba pertenece al invierno de 1948. Unos bomberos se juegan la vida para retirar troncos y ramas que el Genil arrastraba como si fueran cerillas. Las crónicas cuentan que, a su paso por el Camino de Ronda, el río alcanzó un caudal de quinientos metros cúbicos por segundo. Sus afluentes lo hincharon como una bestia desatada y nadie supo calcular cuántas hectáreas de la Vega quedaron sumergidas. Fue una riada desconocida hasta entonces, una de esas que se recordarían durante décadas.
Y es que no hace falta hacer mucha memoria para acordarse del tiempo en que una tormenta podía convertirse en una catástrofe en cuestión de horas. Esta ocurrió el 12 de septiembre de 1951.
Aquel día el Darro reventó en Puerta Real. Un caudal de piedras, barro, ramas y arrastres avanzaba buscando el Genil. Aunque la peor parte se la llevó la Lancha de Cenes: dos niños, de cuatro y dos años, murieron ahogados cuando su casa quedó anegada. El Darro, ese río que hoy apenas se adivina bajo losas y puentes, fue entonces una cicatriz abierta en mitad de Granada.
Había que domar el Genil.
En 1953 comenzaron las obras de encauzamiento entre el Puente Romano y el Camino de Ronda. La ingeniería avanzó a golpe de hormigón y desaparecieron huertas que habían ganado tierra fértil al agua.
Las siguientes fotografías son de 1963.
Llovía sobre mojado, literalmente. Los últimos meses de 1962 ya habían dejado un reguero de tragedias: cuevas hundidas y varias víctimas mortales en los barrios más frágiles. En la madrugada del 7 de enero, tres personas murieron sepultadas en una covacha del Barranco Bermejo.

Las autoridades improvisaron una evacuación a gran escala. Se requisaron garajes, edificios públicos, naves del Chinarral, el Parque Móvil, el Palacio Arzobispal, viviendas del Chaparral. Incluso el Ayuntamiento abrió sus puertas: el salón de plenos se convirtió en dormitorio para una veintena de familias. Las crónicas relatan que el alcalde, Manuel Sola, durmió en un camastro junto a su despacho hasta que el último afectado tuvo techo. Se levantaron 600 viviendas prefabricadas en La Virgencica.
En esta fotografía, los bomberos apuntalan un puente del Darro, debilitado por las inundaciones. La ciudad resistía como podía.

El programa de radio ‘Ustedes son formidables’ recaudó ayudas para los damnificados. La solidaridad viajaba por las ondas. Pero en febrero las lluvias arreciaron y la catástrofe se multiplicó: 25.000 personas resultaron perjudicadas en la capital y hubo que desalojar o demoler unas 7.000 cuevas y viviendas.
Pueblos como Fuente Vaqueros o Güéjar Sierra quedaron incomunicados. Las imágenes, vistas hoy, recuerdan demasiado a las de cualquier temporal reciente: coches atrapados, carreteras cortadas, vecinos mirando al cielo: que pare ya de llover.
En 1985 el Genil volvió a mostrar su genio. La imagen siguiente es del río a su paso por Pinos Genil. Avenzaba sin pedir permiso, con una fuerza inusitada que mantuvo en vilo a toda la Vega. Santa Fe, Cijuela, Láchar, Villanueva Mesía o Huétor Tájar estuvieron entre las localidades más castigadas. La crónica del día siguiente parecía escrita con la misma urgencia y temor que la de ayer: «lluvias torrenciales y el rápido deshielo de Sierra Nevada dispararon el caudal de la principal arteria fluvial de Granada».
Y ya en los años noventa, la siguente fotografía sería de las últimas en la que el río, parecía un río. Poco después cambiaría de aspecto para siempre. Se amplió el cauce, se encajonó, se encerró en un canal de hormigón.

Una obra polémica que buscaba seguridad y orden, pero que también le robó algo de alma. El Genil dejó de serpentear libre y se convirtió en una línea recta, disciplinada y casi triste. Casi olvidamos que bajo esa apariencia dócil late todavía un espíritu indómito.
Amanda Martínez
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