13 febrero 2026

Desde su remoto origen, la fiesta de los carnavales o de las carnestolendas suponía una especie de revancha o desquite previo al período de sobriedad que exigía la Cuaresma, que venía inmediatamente después.

Las carnes no podían tocarse (ese es el significado etimológico de carnestolendas) ni en el plano gastronómico, pues la cuaresma exigía ayunos y abstinencias, ni en el plano sensual, ya que la Iglesia, siempre de buen rollo, recomendaba la moderación sexual por la cercanía del ciclo de Pasión. Y el pueblo, viendo venir un período en que todo lo gozoso estaba prohibido, se desquitaba expandiendo todas las formas posibles del vitalismo, la alegría y el goce, para lo cual había música, bailes, disfraces, sátira política, erotismo más o menos desatado y procacidades varias, que después vendrían cuarenta largos días de rigor moral y mortificación monástica.

El franquismo limitó el desmadre al prohibir los bailes y desfiles de máscaras, ya que el anonimato que propiciaba el uso de máscaras se prestaba a represalias tras la violencia desatada durante la Guerra Civil, pero la realidad es que la gente tomaba la calle con la careta puesta y cantaba las canciones ambiguas o abiertamente ofensivas y si veían a la pareja de la Guardia Civil, la máscara desaparecía como por ensalmo.

En mi niñez, los carnavales eran para jugar a la rueda cantando canciones inocuas. Se buscaba ir de la mano de dos chicas como un contacto tan extraño como apetecible y se recorrían las calles del pueblo en un galope que no tenía nada de pecaminoso. Si el corro se cruzaba con alguien, especialmente una familia, se le rodeaba y se les cantaba aquello de: «No me conoces, no me conoces / no sabes decir quién soy / Y como no me conoces / la lata yo te la doy». No pasaba de molestar inocentemente y solo un poco.

Si la rueda o corro pasaba ante la casa de alguna chica, tal vez algún muchacho se esforzara en parar el avance y cantar: «Ay, ay, ay, ay / ay, ay, ay, ero/ ay, ay, ay, ay, / chiquilla lo que te quiero».

Más molestas eran las canciones inventadas para glosar algún chisme sobre algún pequeño suceso local: la historia del que secuestró a su propio hijo para obtener dinero, los imaginarios cuernos que la novia le había puesto al novio ausente, las trampas de juego de algún ludópata compulsivo… esas pequeñas tragedias personales se hacían públicas con el desparpajo del anonimato y la ocasión jocosa de los carnavales, como en la Edad Media se hizo con los antruejos.

Estas coplillas surgían de forma sorpresiva sin que ni los propios integrantes del corro conocieran que se le iban a cantar delante de la misma ventana del paisano o paisana aludidos, pues eran cosa de tres o cuatro enmascarados, que se ocupaban de semejantes maldades y provocaban las carcajadas del grupo y las amarguras de la familia objeto de la burla. Y siempre, el colofón del «No me conoces, no me conoces…».

Cuando llegaba el Domingo de Piñata, los corros desaparecían, ya no se cantaban obscenidades ni chismorreos y la vida del pueblo volvía a su monotonía, ahora mucho más sobria por la Cuaresma. Solo quedaba el baile de piñata del casino, última concesión a la alegría y la exultación de los cuerpos y las mentes jóvenes.

Se da la paradoja de que cuando durante la Transición se volvieron a autorizar los carnavales tal como habían sido siempre, el progreso nos había ido robando ese espacio público que era la calle. El pueblo había pasado de contar con cuatro o cinco taxis y unos cuantos coches de las familias más pudientes, a tener un considerable parque móvil plagado de utilitarios, especialmente, los Seat 600. El aumento del tráfico impidió el desplazamiento sin rumbo de los corros que cantaban las viejas canciones de carnaval, recorriendo el pueblo.…

Ilustración: ALBERTO GALLO

https://www.ideal.es/opinion/alberto-granados-carnavales-20260211201858-nt.html