Hace unos días tuve ocasión de reunirme con un grupo de suscriptores del periódico para analizar cómo el desarrollo de China está cambiando el mundo.

Creo que la actualidad bélica del día a día nos dificulta ver la que es, sin duda, la gran historia de nuestro tiempo, y por eso escogí este tema para el encuentro. Uno de los aspectos que mencioné fue la actitud soberbia de algunos de los empresarios españoles que me encontré en el gigante asiático a principios de siglo. «Hemos venido a enseñarles cómo se hacen las cosas a los chinos», recuerdo que me dijo uno en 2004. Poco después tuvo que cerrar la fábrica de Jiangsu porque las marcas locales eran mejores y más baratas. Relación calidad-precio, la variable que marca el mundo.

Tras la charla, una joven ingeniera puso la apostilla a esa historia. «Ahora nos mandan a China para aprender, porque allí son expertos y van un paso por delante. Viajamos allí para ver lo que vendrá en el futuro», dijo. Es, sin duda, la constatación de una transformación espectacular, sin parangón. Y, afortunadamente, aunque aún existe mucho desconocimiento sobre China en nuestra sociedad, el interés que despierta es cada vez mayor. Además, ahora que se puede visitar sin visado durante un máximo de 30 días, cada vez más gente se anima a ver el país con sus propios ojos. No hay nada mejor que eso para certificar un hecho: nuestro sentimiento de superioridad no está en absoluto justificado. Y, como señalaba la ingeniera, mejor será que nos deshagamos de él si no queremos que la sorpresa llegue con un puñetazo.

Lo curioso es que muchos ya lo veían venir desde hace tiempo. Un empresario cántabro, del sector de la tecnología, me reconoció allá por 2010 que el objetivo que se había marcado era que sus hijos acabasen trabajando para los chinos. En aquel momento me pareció algo un poco exagerado, pero no lo es. De hecho, acabó vendiendo su empresa a un consorcio del gigante asiático.

Viendo fotografías de aquellos años me doy cuenta de que el cambio se ha dado en muchos otros ámbitos en los que difícilmente podríamos haber previsto semejante transformación. El medio ambiente, por ejemplo: las imágenes de entonces mostraban siempre ciudades grises cubiertas por una capa de ‘nierda’. Incluso me fui a Linfen, una localidad horrible en el cinturón del carbón del centro norte del país, para retratar el que entonces era el lugar más contaminado del mundo

En mi último viaje, sin embargo, me encontré una realidad muy diferente, con calles mucho más limpias y, sobre todo, aire respirable. Es uno de los frutos de haber apostado sin medias tientas por las energías renovables y la movilidad eléctrica. Y es, también, un buen ejemplo de la ventaja que otorga tener un gobierno autoritario que se puede permitir el lujo de mirar a largo plazo y detallar cada cinco años el rumbo que debe tomar el país.

Eso se suma a una capacidad manufacturera sin competencia. Es una combinación imparable. Y buena muestra de ello es que, por primera vez en la historia, este año China contará con más potencia instalada en placas fotovoltaicas que la generada por las centrales térmicas de carbón, que han sido tradicionalmente el motor del país. Si las previsiones se cumplen, la solar y la eólica supondrán a final de año más de la mitad de la generación energética del país, mientras que el carbón supondrá en torno a un tercio. En un momento como el actual, en el que la soberanía energética es más importante que nunca, este es un logro extraordinario para un país no especialmente rico en hidrocarburos (teniendo en cuenta su tamaño).

Además, Pekín ha sabido hacer de esta transformación un negocio formidable. Lidera el mercado global de placas fotovoltaicas y de baterías, y da pasos de gigante en la eólica. Lo mismo sucede en la nuclear. Y exporta esta tecnología, que es también un arma de guerra diplomática. Se demuestra en Cuba, por ejemplo, donde China está ayudando al régimen comunista a sobrellevar mejor el bloqueo de combustibles impuesto por Donald Trump a través de la instalación de granjas solares que han logrado triplicar el peso de la fotovoltaica en la isla en solo un año. Así, el país desarrolla tecnología, escala su producción y la exporta al mundo sin que haya competencia posible. Relación calidad-precio.

El despertar del dragón se estudiará en todo el mundo, pero, como ya he mencionado en más de una ocasión (perdonen si me hago repetitivo), no debería ser menos objeto de estudio cómo Occidente está perdiendo la ventaja que tenía. Cómo nos hemos dormido en los laureles, sobre una atalaya de egocentrismo. Y cómo hemos pasado de crear ingenieros que iban a dar lecciones a China a formar otros que van allí a recibirlas. Todo en el trascurso de dos décadas en las que se ha agudizado una desindustrialización preocupante que ya resulta prácticamente imposible detener.

Hemos sustituido fábricas por centros logísticos que incrementan nuestra dependencia del exterior y debilitan nuestra autonomía estratégica a la vez que hemos ido perdiendo la ventaja tecnológica y de productividad que justificaba el mayor bienestar de la población. Y lo peor es que muchos aún desdeñan a los chinos.

Además, de forma paralela, se han impuesto estándares medioambientales que han reducido la competitividad europea mientras un país que hace poco era el más contaminado del mundo se ha convertido ahora en la mayor fuerza para la transición energética. Sería imposible implementar nuestras políticas verdes sin China, a la que no hace mucho se acusaba de crecer a costa del medio ambiente. Como hemos hecho todos, por cierto.

Es todo por hoy. Espero haberte explicado bien algo de lo que está ocurriendo en el mundo. 

Zigor Aldama