Hasta un 70% de personas con autismo tienen otros trastornos: la ciencia busca fármacos para estas comorbilidades
La investigación en el trastorno del espectro autista (TEA) busca fármacos para mejorar la calidad de vida de los pacientes pero también para tratar sus comorbilidades.
El autismo es un trastorno del neurodesarrollo muy heterogéneo. Dos personas con autismo pueden ser muy diferentes entre sí», explica la psiquiatra del Hospital Vall d’Hebron Laura Gisbert, especialista en autismo. Las «nuevas dianas terapéuticas» no buscan tratar los síntomas nucleares —a día de hoy todavía no existe ningún fármaco— sino las «comorbilidades».
Cuenta esta doctora que una de las «patas» de la investigación en autismo se dedica a la «etiología y genética» de este trastorno del neurodesarrollo que afecta a una de cada cien personas en Europa. Según el Ministerio de Sanidad, unos 450.000 españoles tienen TEA; en Catalunya, unas 100.000 personas, según la Conselleria de Salut.
«Las personas con autismo tienen otros problemáticas que estamos tratando con fármacos dirigidos solo a esas problemáticas y no solo al autismo. Los resultados son mejorables», afirma esta psiquiatra. Hasta el 70% de las personas con autismo tienen otros trastornos, como epilepsia o problemas de conducta.
Así, la doctora Gisbert apoga por investigar más en fármacos que traten no solo la «sintomatología» propia del autismo, sino sus comorbilidades. Cree que no habrá cura para el autismo, pero sí se muestra esperanzada en que la investigación desarrollará fármacos, en un futuro, que mejoren la calidad de vida de estos pacientes.
Aumentan los casos
Los diagnósticos de autismo crecen constantemente, pero Gisbert considera a que, en parte, se debe a que los médicos «diagnostican mejor». «Los números nos dicen que en principio sí que aumentan los casos de autismo. Pero aumentan porque diagnosticamos mejor», insiste. Esto permite que niños que hace 15 años «no salían adelante» ahora sí lo hacen. Pero, además, hay otros aspectos que pueden sugerir un aumento de los casos —más allá de los diagnósticos—.
«La prematuridad extrema condiciona un riesgo de que los niños tengan trastornos del neurodesarrollo, como trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), autismo, discapacidad intelectual… Hay factores que seguramente hacen que aumente la prevalencia», reflexiona esta psiquiatra. También parece que el retraso de las maternidades y paternidades —las personas cada vez tienen hijos más tarde— puede aumentar el riesgo de desarrollar autismo, al igual que la exposición a contaminantes. «Y la microbiota. Aquí hay mucho por investigar», señala Gisbert.
Un estudio publicado en ‘Nature Microbiology’ confirmó que los niños con trastorno del espectro autista tienen el microbioma intestinal distinto al de los neurotípicos y han descubierto 31 marcadores biológicos que podrían ayudar a diagnosticar este trastorno. Los investigadores creen que en el futuro, estos hallazgos podrían ayudar a descubrir si algunos de estos componentes del microbioma intestinal y sus funciones podrían contribuir a causar el autismo.
¿Qué es el autismo?
E l trastorno del espectro autista (tea) no es una enfermedad mental, sino que es una condición o trastorno neurobiológico del desarrollo. Se manifiesta en los tres primeros años de vida y perdura durante todo el ciclo vital. Algunas personas autistas presentan una dificultad intelectual, pero otras no: la capacidad intelectual no está relacionada con el diagnóstico del autismo.
Las manifestaciones principales de esta condición están relacionadas con dificultades a la hora de interactuar con los demás, además de patrones repetitivos de comportamiento, intereses o actividades. Por ejemplo, un niño que se obsesiona con los dinosaurios, que sabe absolutamente todo de estos animales y que en cada situación de comunicación quiere hablar sobre este tema en concreto y nada más. Sin embargo, estas no son las únicas manifestaciones, y por eso a veces es difícil diagnosticarlo y hay que hacer una evaluación en conjunto.
Grados del autismo
Aunque el autismo es todo un espectro con muchos grados y diferencias entre sí —y por eso no existen dos personas iguales—, actualmente existen tres niveles de necesidades de apoyo entre la población autista. El nivel uno de TEA es lo que antaño se conocía como asperger, que son aquellas personas a las que les cuesta la interacción social, desarrollan una resistencia para aceptar el cambio y muestran una cierta inflexibilidad de pensamiento. No implica una discapacidad intelectual —en algunos casos son personas brillantes con carreras universitarias—, pero sí necesitan cierta ayuda para relacionarse, estructurar su jornada y gestionar los estímulos sensoriales en algunos casos, así como las emociones y relaciones.
Las personas con TEA de grado dos necesitan una ayuda notable, pues tienen más dificultades comunicativas —tanto a nivel verbal como gestual—. Su comportamiento es inflexible, manifiestan ansiedad ante los cambios y sus conductas son restrictivas y repetitivas.
Por último, las personas con TEA de grado tres necesitan mucha ayuda, pues muestran dificultades comunicativas significativas —en ocasiones no hablan—, tanto a desde un punto de vista verbal como gestual. Su comportamiento es inflexible, manifiestan ansiedad ante los cambios y sus conductas son restrictivas y repetitivas. Necesitan apoyo y acompañamiento constantes para llevar a cabo las actividades diarias.
Beatriz Pérez
FOTO: Un joven con autismo y su madre. / Jordi Otix
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