«Noelia, una vida al desnudo» por Juan de Dios Villanueva Roa
Nadie, por muy protector de la vida que se considere, tiene derecho a poner sobre los tapetes la existencia ajena.
Nadie ama la vida más que los demás, pero hay quien se considera llamado por los designios divinos a proteger a cada cual, dejando seguramente a los más próximos abandonados, comenzando tal vez por sí mismo.
Noelia ha sido blanco de divagaciones, opiniones, luchas y reflexiones de quienes necesitan sentirse útiles en las vidas ajenas. Su recorrido vital es ampliamente conocido y sus deseos ampliamente refutados durante años por quienes tal vez no supieron estar cuando y donde debían. Luego, quizás, quisieron lavar conciencias, la propia.
Sé que esto abre debates sociales y religiosos, pero soy de la opinión de que cada cual debe preservar su vida, cuidar su existencia y vivir con el mayor grado de libertad que pueda. Entiendo que nadie sufre el dolor físico del otro, y por tanto ponerse en su lugar cuando ni siquiera es capaz de sostener una mínima parte de dolor ajena en el cuerpo propio es irrespetuoso con la propia vida.
Noelia ha sido diseccionada de arriba abajo. Todos conocemos sus percances, todos opinamos que si puede, que si debe, que si tiene o no derecho. Todo ha pasado ya. Su voluntad se ha cumplido, su dolor ha concluido, y que cada uno golpee su pecho y deje que los demás hagan lo propio. Y si acuden a la sociedad a pedir ayuda, désele toda la posible, en el sentido que sea. Y que cada cual opine, como vota, como considere más conveniente en función de lo que lleve en eso que llamamos conciencia, alma, o espíritu, que nos permite contemplar y guardar silencio al pasar junto a tantos vivos con sus vidas semimuertas.
Ayudar a quien lo necesite no es esto.