Mariana de Pineda. Arquetipo masónico’
Carmen Calero impartió una conferencia en el Centro Europeo de las Mujeres en el marco de las actividades dedicadas a Mariana Pineda. Publicamos este artículo que recoge un extracto de esa conferencia.
maginemos Granada, primavera de 1831. Una mujer joven, 26 años, viuda, dos hijos, camina hacia el Campo del Triunfo, donde será ejecutada. No lleva armas, no ha dirigido ejércitos. Sin embargo, el poder la considera peligrosa porque sabe algo… y no lo va a decir. Esa mujer es Mariana de Pineda y su arma es el silencio. Un silencio que no se vende ni se negocia. Un silencio que acabará por costarle la vida.
Quiero hablar de Mariana de Pineda con la mirada de una masona. No para demostrar que lo fuera -no hay documentos que lo acrediten, y lo más probable es que no lo fuese en sentido formal-, sino para hacerme una pregunta más fértil: ¿qué hay en su vida, en su forma de actuar, en su muerte, que hace que tantas masones y masones digan «ahí hay algo nuestro»?
Porque esto es un hecho. Hay logias que han llevado y llevan su nombre. Hay hermanas que la han elegido como nombre simbólico. Y hay toda una lectura que la sitúa muy cerca del imaginario masónico.
Por eso propongo mirarla como un arquetipo. Un espejo. Una figura en la que ciertos valores que la masonería trabaja aparecen de forma especialmente clara.
El contexto que lo hace posible
La España de Fernando VII era un país partido en dos. Por un lado, el absolutismo: un rey que deroga la Constitución y persigue a los liberales. Por otro, una corriente creciente que reclama que el poder tenga límites, que la ley sea igual para todos. Ser masón y ser liberal, a ojos del poder, era casi lo mismo. Las logias eran ilegales. El precio de que te descubrieran podía ser la cárcel, el destierro o la muerte.
Mariana vivía rodeada de liberales que se reunían en tertulias clandestinas. Abría su casa a fugitivos, planeaba fugas, llevaba y traía información comprometida
En ese mapa, Granada era uno de los focos más importantes del liberalismo y la masonería. Mariana vivía rodeada de liberales que se reunían en tertulias clandestinas. Abría su casa a fugitivos, planeaba fugas, llevaba y traía información comprometida. Podría no haber hecho nada de eso. Podría haber dicho: «Soy una joven viuda con dos hijos, bastante tengo con sacar mi casa adelante». Nadie se lo habría echado en cara. Pero ella decidió no mirar hacia otro lado. Y ahí empieza lo que yo llamo su dimensión arquetípica.
Cuatro palabras y un hilo
Para definirla, me quedo con cuatro palabras: honestidad, silencio, compromiso y coherencia. Y con una quinta que las atraviesa: los ideales.
La honestidad, como yo la entiendo, no es no copiar en un examen. Es ver la realidad sin autoengaño y actuar en consecuencia, aunque eso suponga pagar un precio. Mariana sabe que si cuenta lo que le piden -aunque sea una versión más cómoda- puede rebajar el castigo. Y aun así, no lo hace.
El silencio en masonería no es callarse por miedo. Es una virtud: el lugar donde residen la prudencia, la discreción y el dominio de uno mismo. Es un lugar que se habita.
Es el silencio del que decide no decir algo que podría destruir a otros. En el caso de Mariana, ese silencio es un muro que ella levanta entre el poder y quienes podrían ser detenidos si ella habla. Su silencio es una forma de decir: «yo no pongo mi palabra al servicio de vuestra venganza». Para un masón o masona, es casi imposible no escuchar ahí un eco muy familiar.
El compromiso, desde la visión masónica, es asumir una causa y seguir ahí cuando deja de ser cómoda
El compromiso, desde la visión masónica, es asumir una causa y seguir ahí cuando deja de ser cómoda. Mariana abre su casa, planea fugas, participa en redes conspirativas sabiendo perfectamente lo que se juega. Y la coherencia -esa palabra que da alergia porque se nos hace difícil- es la tarea que nunca termina de que lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos se parezcan lo más posible. En Mariana, esa coherencia tiene una forma muy concreta: cuando llega el momento límite, hace exactamente lo que sus ideales le exigían.
Y todo esto mira en una dirección muy clara: hacia los ideales. En masonería hay palabras que funcionan como norte de la brújula -Libertad, Igualdad, Fraternidad, Justicia, Verdad- no porque vayamos a alcanzarlas en su forma perfecta, sino porque nos dicen hacia dónde caminar. En la bandera de Mariana, de tafetán morado con un triángulo verde en el centro, esas tres palabras -Ley, Libertad, Igualdad- bordadas en rojo, no eran una consigna: eran el resumen de los ideales con los que decidió construir su vida. Y en la España de Fernando VII, bordarlos en una bandera era una declaración de guerra.
Un espejo exigente
¿Fue Mariana de Pineda masona? Los documentos que han llegado hasta nosotros no permiten afirmarlo. Lo que sí sabemos es que la masonería la ha reconocido como una de las suyas. Que existen logias con su nombre. Que más de cincuenta hermanas se han iniciado eligiendo «Mariana Pineda» como nombre simbólico.
¿Por qué? Porque Mariana encarna algo que la masonería persigue sin cesar: la unión entre ideal e integridad. Mantuvo la honestidad cuando todo la invitaba a mentir. Guardó silencio cuando hablar la habría salvado. Y vivió con una coherencia que, a veces, nos resulta casi insoportable.
La masonería no trabaja con héroes perfectos, sino con personas de carne y hueso que, en un momento concreto, deciden no traicionarse. En ese sentido es en el que Mariana se convierte en arquetipo: no porque fuera perfecta, sino porque, llegado el momento, puso su vida a la altura de sus ideales.
Quizá, cuando pasemos por la plaza que en Granada todos conocemos como «La Mariana», podamos detenernos un momento frente a su estatua y hacernos una pregunta más humilde e incómoda que la de si estaríamos dispuestos a morir como ella: ¿qué pequeñas comodidades, qué pequeños miedos, qué pequeñas cobardías estamos dispuestos a sacrificar para vivir un poco más a la altura de lo que decimos ser?
Tal vez esa sea hoy la forma más honesta de honrarla.