«ALMERÍA EN LLAMAS» por Remedios Sánchez
En el levante de Almería, el paisaje es un estado de ánimo. El carácter del paisanaje está marcado por la aridez de la tierra, por ese silencio entendido como superficies de almendros de secano, con cárcavas inesperadas que el tiempo va erosionando, sin prisa pero sin pausa.
También hay sierras, claro, pero poco que ver con las de otras latitudes de fronda y verdor intenso; por estos lares, de la sierra de Los Filabres a la de Bédar, los pinos carrascos, el lentisco y la coscoja, junto al espino negro, configuran un contraste que, conforme desciende y se acerca a las ramblas, se va desdibujando en retama, esparto o bojas yesqueras, que son metáfora de la humildad del relieve que intenta resistirse como puede, pero que nos devuelve, inmisericorde, a la realidad profunda de un desierto que crece y crece. También existe el mar no muy lejos, todo el mundo lo sabe; se recorta en playas (las de Vera, Garrucha, Mojácar o Carboneras) que aparecen como sorpresa azul, como una paz distinta, porque es inmensidad de agua alzándose serena enfrente de un territorio severo en su desnudez indeclinable de ocres y grises.
Es decir, que se articula toda una ética de la resistencia que trasciende lo orográfico para convertirse en rasgo identitario que imprime carácter de resiliencia perpetua: resistir a pesar de la precariedad de las lluvias, resistir frente a la sequía perene, resistir al calor inmisericorde para quien trabaja los campos. Eso deviene en una honestidad de mano tendida, en una solidaridad que se manifiesta en los momentos amargos. Porque un imponderable mínimo (como la caída de un cable eléctrico, que parece que es lo que ha pasado), unido a la ausencia de previsión en la limpieza del sotomonte o de cortafuegos, aquí es siempre tragedia. Esto es lo que ha vuelto a pasar y, desde la impotencia absoluta, vemos que el horizonte en Los Gallardos, Bédar, El Marchal y Sorbas es un infierno ingobernable, una locura de ascuas que ya ha arrasado varios miles de hectáreas y no cesa. Pero esta vez no es solo eso: son ya doce las vidas calcinadas en el momento en que escribo, tres de ellas de niños, cercados por las llamas en un camino sin salida, al borde de una rambla.
Si el año pasado la desgracia se cebó con inmensos bosques en León y Galicia, este julio ha transmutado en un instante el estridular de las chicharras en zona devastada, en un resplandor de miedo anaranjado cuando la noche se acerca y el viento de Levante se vuelve en contra. En estas circunstancias, lo único que ahora da fuerzas para seguir luchando es observar la actitud admirable de tantísimas personas, su energía a prueba de cualquier fatalidad, esta bondad servicial que traspasa las obligaciones para convertirse en perseverancia de amparo, de socorro imprescindible, de humanidad callada y limpia. De los bomberos a las fuerzas de seguridad; de los hidroaviones incesantes a los voluntarios que apoyan a los supervivientes en albergues, hasta alcanzar a la dueña del supermercado que no cierra por lo que se pudiera necesitar. Lo demás es fanfarria y, lo mismo que viene, se va, también lo sabemos.
Pero nos queda esta gente valerosa y su capacidad indesmayable para reconstruir, sobre las volutas de cenizas, su modo de vida. La voluntad de acero de las tierras yermas.
FOTO: María Jesús, la voluntaria que traduce las necesidades de los extranjeros afectos por el incendio de Los Gallardos | Ideal