El segundo Mundial de la Roja es un triunfo de un grupo ejemplar y un momento perdurable de emoción colectiva

 

No ha sido un sueño. España es de nuevo campeona del mundo tras derrotar en un partido agónico y heroico a una intensa Argentina en la final de Nueva Jersey e imponerse a la mayor leyenda de la historia del fútbol, Lionel Messi. Es el triunfo de Luis de la Fuente y de un grupo extraordinario de futbolistas que, en un deporte de estrellas y divos de las redes sociales, han antepuesto los valores de equipo, la inteligencia del conjunto, la convicción del esfuerzo. Pero el fútbol nunca es solo fútbol, y la victoria de la Roja, 16 años después de Sudáfrica, ha propiciado un momento de emoción colectiva que contradice el malhumor que domina el discurso público, y que no tendría por qué apagarse cuando terminen las celebraciones. No es difícil ver en este equipo, en su diversidad de orígenes y territorios, en el carácter de sus cracks, en el estilo de juego y en la capacidad para conectar con los hinchas y ciudadanos sin distinción, un reflejo de lo que es y lo que puede ser este país en el siglo XXI.

El Mundial que quedará como el del adiós de Messi y el de la segunda estrella española empezó siendo el de todos los superlativos: el primero con 48 selecciones y el primero organizado por tres países. Arrancó con el temor de que todo terminara subordinado al espectáculo, al negocio y a la política y, aunque algo ha tenido de eso, se impuso lo que hace de este deporte un fenómeno incomparable. Porque el estadio no tiene por qué ser, como creía Orwell, un campo de batalla para el nacionalismo, “esa lunática costumbre moderna de identificarse a uno mismo con unidades de poder más amplias y de verlo todo en términos de prestigio competitivo”. En este mundo atravesado por la retórica del odio y división, también puede ser lo contrario: uno de los escasos lenguajes universales, un espacio en el que países inmensos y diminutos, potencias históricas y debutantes, aspiran a lo mismo, como nos recordó la ilusión de Cabo Verde o Noruega. El éxito no siempre se mide por levantar el trofeo ni por la dimensión de la bandera.

El campeonato deja lecciones para los organizadores, útiles para la edición de 2030, que se celebrará en España, Marruecos y Portugal. El formato con más equipos ha funcionado mejor de lo esperado y los estadios han presentado llenos que desmienten los peores augurios, aunque el precio de las entradas convirtió el acceso en un privilegio prohibitivo para muchos. Si la tendencia continúa, el riesgo es la transformación de un deporte popular en un producto cada vez más exclusivo. Pese a todo, las aficiones acabaron apropiándose del torneo, dentro y fuera de las gradas. Sucedió anoche en el estadio de Nueva Jersey y Nueva York, el Nueva Yol de la superestrella del pop y el escenario de una final en lengua española y en Estados Unidos, país ya latino pero en el que se señala o persigue a los latinos. Mención muy especial merece México, que dio una prueba imborrable de esa capacidad para convertir la competición en una celebración multitudinaria y hospitalaria. Sus calles y festejos recordaron que un Mundial pertenece tanto a quienes juegan como a quienes lo viven.

Al final ni Donald Trump, que contaminó la competición al intervenir para retirar una tarjeta roja a un jugador de su país, ni su adulador Gianni Infantino, presidente de la FIFA, pudieron con el fútbol: los goles, las victorias y las derrotas, todo aquello que conecta a personas que en los cuatro rincones del planeta vibraron hasta esa final irrepetible entre España y Argentina. Han sido ellos, los aficionados que llenaron las calles, los estadios y los hogares, quienes demostraron que, al menos durante el tiempo de un partido, todavía es posible sentirse parte de una experiencia común. Y el gol en la prórroga de Ferran y este desenlace que tardará en borrarse de nuestras retinas es la prueba del milagro del fútbol: 22 jugadores, dos porterías, un balón, y millones en todo el planeta sufriendo y celebrando.

Decía Albert Camus, que de joven fue portero en el Racing Universitario de Argel, que todo lo que sabía de moral lo había aprendido en la cancha de fútbol, y en el éxito de España, que replica el éxito de la Roja de Putellas, Bonmatí y Jenni Hermoso en 2023, es posible ver más que un triunfo deportivo. Hay algo tal vez no exactamente moral, pero sí ejemplar, por la madurez del grupo y por la manera de competir, porque ha reflejado un país abierto, plural y confiado en sí mismo, un país formado por acentos, orígenes y trayectorias distintas. Es una fotografía valiosa cuando proliferan discursos que reducen la identidad a la exclusión o que idealizan un pasado imaginario. Ninguna selección resuelve por sí sola las fracturas de una sociedad, pero sí ofrece un espejo en el que un país puede reconocerse al menos durante un instante. Es una imagen que merece ser preservada mucho después de que termine el torneo.

EL PAIS

FOTO: Sr. García

https://elpais.com/opinion/2026-07-19/victoria-de-espana-victoria-del-mundo.html