«Saber perder» por Remedios Sánchez
Cuando, en la infancia azul y veraniega de tardes largas y juegos a deshoras, los mayores nos enseñaron que, aparte de saber ganar, también había que aprender a perder. Porque conseguir una meta nunca es fácil; requiere escoger conscientemente aquello que interesa, renunciando a lo que no sea imprescindible, aplicarse con serenidad cotidiana indesmayable, sostener el esfuerzo constante que nunca se rinde porque sabe —muy adentro— que ese es el camino verdadero; y también, no se olvide, una chispa de esa suerte del destino, solo una pizca, la que supone estar en el momento justo, en el lugar oportuno.
Porque lo que se alcanza fácilmente tiene un valor relativo, como de paso pequeño e inseguro, y deja una sensación de inconsistencia, de «no era para tanto», detrás de la sonrisa de victoria. Luego está el más difícil todavía, el salto mortal que colma el pecho de esperanza: triunfar frente al destino, mirándolo a la cara con templanza, yendo paso a paso y por su orden, sabiendo que nada se regala, que todo tiene un coste y siempre es alto. Como un vuelo de gaviota rasante por las tardes, acaso como un mar con sus olas de distancia. Así tiene sentido y todo cuadra, como esta selección de tanta gente que se ha traído el fruto de su brío apasionado y su trabajo. Esta es España con sus gestas, esforzándose hasta el último minuto, luchando cada instante sin rendirse. Ese es el éxito que tiene más trascendencia porque es metáfora de todo lo importante: de una vida y sus afanes cotidianos, de aquello que nos une y nos da aliento. Conciencia colectiva articulada, un país que se define tenazmente lo mismo aquí, con cantos de alegría, que en momentos de desastre o de tragedia, de fuego o de riada.
Pero la victoria de unos conlleva, indefectiblemente, que otros no logren su objetivo. Y ahí es donde se percibe con claridad quien ha de llegar más lejos con el tiempo, el que ha comprendido que somos vulnerables e imperfectos, no héroes mitológicos ni cosa parecida. Humanos nada más, y ya es bastante. En esto reside la grandeza: en no dar nunca nada por sentado, en no menospreciar al contrincante admitiendo la derrota dignamente y en empezar otra vez, como Sísifo y su piedra, a subir poco a poco la montaña, pero felicitando antes al rival, que nunca fue enemigo. La selección argentina no ha hecho el ridículo porque Ferrán metiera un gol (no menciono ese otro de Williams que vimos todos, salvo el árbitro); lo ha hecho porque no ha sabido aceptar que ha quedado segunda. Dar la espalda a los legítimos vencedores, los intentos de agresión, esa rabia/llanto cual niño enfurruñado de Messi, lo que delatan no es únicamente decepción, la frustración del que hizo tanto como pudo; revelan la incapacidad que tantas personas de cualquier ámbito tienen en este tiempo para asumir que lo que se quiere y lo que se puede son dos cosas bien distintas. Que gestionar con elegancia la derrota es un ejercicio de lucidez y de dignidad, el principio para intentarlo nuevamente. Significa entender que eso que llaman fracaso siempre es relativo; que ni borra el sacrificio ni las ganas. Las completa y les da un sentido pleno para tomar impulso y empezar de nuevo: con humildad, con talento y con decencia.
FOTO: ¿MALOS PERDEDORES? Argentina le dio la espalda a España en el momento de levantar el título de Campeón del Mundo.