«La tierra no nos ha prometido nada» por Manuel Martín
Los terremotos que estos días han sacudido Granada han dejado algo más difícil de medir que los daños en edificios: la sensación de que el suelo, aquello que dábamos por seguro, puede dejar de serlo. También nos están recordando algo que solemos olvidar cuando todo permanece quieto: que hemos organizado nuestra vida como si el mañana nos perteneciera
Hay algo que ocurre cuando la tierra tiembla: durante unos segundos dejamos de saber qué importa de verdad. Corremos. Salimos. Bajamos las escaleras. Buscamos a los nuestros. Y, al hacerlo, dejamos dentro de casa todo aquello que durante años nos había parecido imprescindible.
El sofá. Los libros. Las fotografías. El ordenador. La ropa. Los papeles. Los objetos que compramos con esfuerzo y los que heredamos de quienes ya no están.
Todo se queda atrás.
Y entonces aparece una verdad incómoda: pasamos buena parte de nuestra vida corriendo detrás de cosas que, cuando llega el miedo de verdad, abandonamos sin pensarlo. Quizá por eso estos días Granada está aprendiendo algo que ningún discurso podría enseñarnos. Desde el 14 de agosto, la tierra no ha dejado de hablar del todo. Dos terremotos de magnitud 4.8, centenares de movimientos, réplicas, noches en las que muchos vecinos han salido a la calle o han dormido en parques y coches. Miles de incidencias. Cientos de edificios inspeccionados. Familias que han tenido que abandonar temporalmente sus casas.
Y, sobre todo, una palabra que se ha instalado en las conversaciones: réplica.
Los últimos datos oficiales apuntan a una disminución de la actividad, pero siguen registrándose pequeños terremotos. La serie continúa. Nadie puede decirnos con exactitud cuándo terminará.
Pero hay algo que ningún sismógrafo puede medir. Cuánto tarda una persona en volver a sentirse segura dentro de su propia casa. Una réplica puede durar unos segundos. El miedo a la siguiente puede durar toda la noche.
De pronto escuchamos una puerta, un crujido, una ventana. Una lámpara se mueve ligeramente y levantamos la cabeza. Pasa un camión y durante un instante pensamos que ha sido el suelo. Nos despertamos antes de dormir del todo porque nuestro cuerpo, que antes confiaba ciegamente en la quietud, ahora permanece atento.
La tierra puede haber dejado de temblar. Nosotros, no necesariamente.
Y quizá ahí esté una de las cosas más profundas que nos están ocurriendo en Granada: hemos descubierto que la normalidad depende de una confianza que nunca habíamos pensado que existía.
Nos levantábamos cada mañana como si el suelo fuese una certeza. Hacíamos planes para mañana, para septiembre, para Navidad, para dentro de veinte años. Firmábamos hipotecas a treinta. Reformábamos casas pensando en décadas. Guardábamos dinero para el futuro. Discutíamos por cosas que, vistas desde el miedo, parecían de repente ridículas.
Como si el martes que viene nos perteneciera. Como si siempre hubiera otra llamada. Otra visita. Otra oportunidad. Otro abrazo. Entonces tiembla la tierra y esa ficción se rompe.
No porque descubramos que podemos morir. Eso también lo sabíamos. Lo que descubrimos es que hemos construido nuestra vida sobre la idea de que tenemos tiempo. Y el tiempo, como la tierra, tampoco nos ha prometido nada.
Por eso un terremoto tiene algo de brutalmente revelador. No solo mueve paredes. Mueve nuestra jerarquía de las cosas.
Y cuando llega el instante de salir corriendo, la lista se reduce de una manera casi dolorosa. ¿Estás bien? ¿Dónde están los niños? ¿Han salido? ¿Están nuestros padres a salvo? Eso es todo. Una pregunta. Un nombre. Una mano. Lo demás puede esperar. Quizá llevemos demasiado tiempo complicando la respuesta.
Granada conoce la fragilidad. Lo extraordinario es que nosotros, acostumbrados a pensar que las cosas permanecen, hayamos necesitado sentirlo para recordarlo.
Porque todo lo que parece inmóvil tiene una fecha secreta. Las casas. Las ciudades. Las personas. Nosotros mismos. Necesitamos confiar para vivir. Necesitamos hacer planes e imaginar que mañana se parecerá a hoy. No podríamos vivir de otra manera. Pero una cosa es confiar en que mañana llegará y otra pensar que nos pertenece.
Estos días, quizá, nos están dejando algo más que miedo. Nos están dejando memoria. La memoria de a quién buscamos. De a quién llamamos. De quién salió con nosotros cuando tuvimos que dejarlo todo atrás. Ahí estaba nuestra verdadera lista de prioridades. No la que escribimos.
La que el cuerpo escribió por nosotros. Y hay algo más que me inquieta. Que cuando todo termine, cuando Granada vuelva a dormir con las ventanas quietas y dejemos de mirar las lámparas, corremos el riesgo de olvidar.
Volverán las prisas. Los mensajes. El trabajo. Las facturas. Las pequeñas discusiones. Volveremos a decir «ya te llamaré», «el domingo voy», «cuando tenga tiempo».
La vida hará lo que siempre hace: volverá a parecer eterna. Y quizá no lo sea.
No se trata de vivir asustados. Tampoco de mirar cada crujido como una amenaza. Se trata de conservar algo de la lucidez que aparece cuando todo tiembla.
Llamar hoy. Visitar hoy. Decirlo hoy. Estar hoy.
No porque sepamos qué ocurrirá mañana, sino precisamente porque no lo sabemos. Somos nosotros quienes hemos convertido la estabilidad en una costumbre y la costumbre en una certeza.
Estos días Granada ha temblado.
Pero quizá lo importante no sea preguntarnos cuánto tiempo seguirá temblando la tierra. Quizá debamos preguntarnos cuánto tiempo queremos seguir viviendo como si nunca fuera a hacerlo. Porque un terremoto dura segundos. Una réplica, quizá unos instantes.
Pero hay una sacudida que puede durar mucho más: la que cambia la manera de mirar lo que tenemos. Y tal vez, cuando todo vuelva a quedarse quieto, cuando entremos en casa y encontremos nuestras cosas exactamente donde las dejamos, deberíamos mirar alrededor de otra manera.
No para agradecer que los objetos sigan allí. Sino para recordar quién salió con nosotros cuando tuvimos que dejarlos atrás. Porque quizá un terremoto no venga solamente a mover la tierra.
Quizá, de vez en cuando, tenga que temblarnos el mundo para enseñarnos algo que sabíamos desde el principio y habíamos olvidado: que aquello que llamamos nuestra vida no son las cosas que conseguimos conservar.
Es la vida que, cuando todo tiembla, salimos corriendo a proteger.
https://www.ideal.es/opinion/manuel-martin-garcia-tierra-prometido-20260830225734-nt.html