20 septiembre 2026

Lo que un niño salvaje nos enseñó sobre la humanidad

La edición en castellano de ‘El experimento prohibido’ —el libro que recoge el caso del niño salvaje Victor de Aveyron, hallado en el siglo XVIII— nos devuelve una intuición molesta: Lo humano no está garantizado.

Depende de condiciones muy precisas. Y sin lenguaje, sin otros, sin cultura, puede no existir nunca. Exploramos las relaciones entre aquel ‘niño lobo’ y los modelos de lenguaje actuales de la inteligencia artificial. No es una reliquia, sino un espejo.

Hay historias que no envejecen porque siguen haciendo la misma pregunta con otro decorado. La de Victor de Aveyron –el llamado ‘niño salvaje’ hallado en Francia en 1800– es una de ellas. Durante dos siglos se la ha leído como caso médico, parábola filosófica, mito pedagógico y, últimamente, hasta como un extraño anticipo de nuestros debates sobre aislamiento social, lenguaje e inteligencia artificial. El libro que mejor la cuenta sigue siendo El experimento prohibido, de Roger Shattuck, un crítico literario que tuvo la rara inteligencia de comprender que esta no era solo una historia científica: era una historia sobre nosotros. Ahora, el libro, originalmente publicado en 1980, ha sido editado por primera vez en castellano gracias a la editorial Gatopardo.

Shattuck usa la expresión ‘el experimento prohibido’ para nombrar algo que la filosofía y la ciencia soñaron muchas veces, pero que ningún comité de ética quizá aceptaría hoy: observar qué ocurre con un ser humano privado de lenguaje, cultura y trato social desde la infancia, con la esperanza de descubrir qué hay en nosotros de natural y qué de aprendido. Dicho de otro modo: qué queda del yo cuando desaparece la humanidad compartida.

Este grabado, de autor desconocido, ilustró la cubierta de 'De l'éducation d'un homme sauvage', obra publicada en París en 1801 por el propio Jean Itard, el médico que educó a Victor. De ahí que se lo considere su retrato más 'fiel'.
Este grabado, de autor desconocido, ilustró la cubierta de ‘De l’éducation d’un homme sauvage’, obra publicada en París en 1801 por el propio Jean Itard, el médico que educó a Victor. De ahí que se lo considere su retrato más ‘fiel’.

La historia real empieza en el sur de Francia, en torno a Saint-Sernin-sur-Rance. Hacía años que circulaban noticias de un niño visto entre bosques y matorrales. Finalmente, en enero de 1800, el muchacho fue capturado y entró en el circuito administrativo, médico y científico de la Francia posrevolucionaria. Las descripciones de la época lo presentaban como un ser que no hablaba, apenas reaccionaba a la vida social y comía de forma rudimentaria. «Tenía forma corporal humana y caminaba erguido –escribe Shattuck–. Todo lo demás sugería un animal. No mostraba ningún pudor ni tampoco conciencia de sí mismo como persona humana emparentada con quienes lo habían capturado. No podía hablar y solo emitía unas exclamaciones extrañas y sin sentido. Aunque de muy baja estatura, parecía ser un chico de unos once o doce años, con la cara redonda y el cabello negro y apelmazado». La vida del ‘pequeño salvaje’ de Aveyron se convirtió desde entonces en tema de conversación en toda Europa.

Para la imaginación ilustrada, Victor era una especie de documento vivo sobre el ‘hombre natural’. Shattuck resume la impresión con una frase memorable: Victor era un ser «menos domesticado que un perro o un caballo, pero sin lugar a dudas humano».

Y ahí entra la Ilustración, con toda su mezcla de generosidad y soberbia.

El niño salvaje de Aveyron captó la atención de toda Europa. «Tenía forma corporal humana –escribe Shattuck–. En lo demás era un animal»

Europa llevaba décadas discutiendo una cuestión enorme: qué parte del ser humano es innata y cuál depende de la experiencia. John Locke había insistido en la experiencia; Rousseau había imaginado un estado de naturaleza en el que el ser humano, antes de la propiedad y la competencia, era más compasivo y menos corrupto. Pero lo de Rousseau era una hipótesis.

Su ‘hombre natural’ no era un hallazgo, sino un instrumento filosófico. Victor, en cambio, era un hecho. Y los hechos tienen la mala costumbre de estropear las teorías demasiado limpias. Porque lo que apareció en Aveyron no fue el ‘buen salvaje’, sino algo mucho más incómodo: un ser humano en el que faltaban piezas decisivas. No un hombre puro anterior a la sociedad, sino un muchacho en el que la ausencia de lenguaje y de vida compartida parecía haber dejado una marca constitutiva.

«Llegar a la mente del niño»

Aquí parece brillar una posible primera lección del caso: la sociedad no se limita a ‘adornarnos’; nos fabrica. Victor no era un salvaje más auténtico: era un niño al que le faltaba justo aquello que hace posible una vida humana compartida.

Saint-Sernin-sur-Rance, el pueblo situado en el departamento de Aveyron, en el sur de Francia, al que llevaron a Victor tras ser hallado.
Saint-Sernin-sur-Rance, el pueblo situado en el departamento de Aveyron, en el sur de Francia, al que llevaron a Victor tras ser hallado.

El hombre que decidió convertir ese hallazgo en una empresa pedagógica fue Jean-Marc-Gaspard Itard, un joven médico francés, célebre después por sus trabajos con personas sordas y por su influencia en la educación especial.

La Enciclopedia Britannica resumía así el episodio: «Victor fue llevado a París; Philippe Pinel, la gran autoridad psiquiátrica del momento, lo consideró un caso de idiotismo incurable; Itard discrepó y decidió intentar su educación. Esa discrepancia contenía un programa entero. Si Pinel veía déficit, Itard veía posibilidad. Si uno clausuraba el caso, el otro lo abría».

Itard no parece haber actuado por sadismo ni por mera vanidad científica. Parece más bien lo contrario: Shattuck lo presenta como un hombre comprometido con una idea humanista de la educación. Creía que el ser humano podía hacerse, rehacerse, despertarse mediante la experiencia.

El caso de Victor revela algo crucial. El hombre no nace humano: llega a serlo. La modernidad descubrió que la humanidad es un proceso, no un ‘dato’ de algo ya dado

En su libro, Shattuck explica que Itard quería «llegar a la mente del niño y liberar sus supuestos poderes». Es una frase muy del momento: liberar unas capacidades presupuestas y, se creía, dormidas. El médico diseñó ejercicios sensoriales, rutinas de atención, asociaciones entre objetos y signos, y un programa progresivo para llevar al muchacho hacia el lenguaje y la sociabilidad. Le dio incluso un nombre, Victor, y trabajó con la ayuda decisiva de madame Guérin, la mujer que lo cuidó en el día a día y sin la cual la historia de Itard sería mucho menos noble de lo que a veces parece.

Pero ahí empieza también, desliza Shattuck, la zona de sombra. Porque el mismo gesto que hoy nos parece admirablemente pedagógico resulta, al mismo tiempo, profundamente inquietante.

Experimentar con un ser humano para resolver una querella filosófica

Victor fue educado, sí; también observado, medido, sometido a prueba. Era paciente y cobaya. Hijo adoptivo y objeto de laboratorio. Shattuck no dulcifica esa ambivalencia. Uno de sus subcapítulos se titula, de facto, ¿Con qué derecho?

El empeño de Itard produjo resultados. No fue un fracaso que recibiera burlas ni una farsa ilustrada. Victor aprendió hábitos, desarrolló cierta atención, mostró memoria, apego y reacciones morales elementales. Itard llegó a escribir que el muchacho podía «comparar, discernir y juzgar». Hay allí una ganancia real. El filósofo Michael Morgan, al reseñar el libro en 1981, resumía bien el núcleo del problema: era crucial que Victor respondiera a la educación; de lo contrario, se diría que era salvaje porque era idiota, y no al revés. Itard necesitaba demostrar que la falta de socialización había bloqueado el desarrollo, no que el niño estaba perdido de antemano. Y sí, algo se movió. Victor no era una piedra.

Roger Shattuck (1923-2005) escribió 'El experimento prohibido' (recientemente publicado en España por Gatopardo Ediciones) en 1980 y nunca se había traducido hasta hoy.
Roger Shattuck (1923-2005) escribió ‘El experimento prohibido’ (recientemente publicado en España por Gatopardo Ediciones) en 1980 y nunca se había traducido hasta hoy.

Pero el gran objetivo fracasó. Victor no adquirió lenguaje pleno. Aprendió algunas palabras, algunos gestos, cierto uso rudimentario de signos escritos, pero no llegó a hablar de manera comparable a un niño socializado. Shattuck añade otra imagen para describir el balance: el vaso estaba «medio lleno y medio vacío». Según cómo se mire, el resultado fue un medio éxito o un fracaso estructural. El niño había aprendido a obedecer y a responder; no a habitar un mundo simbólico en el que el pensamiento se organiza en palabras. Y ahí es donde el caso se vuelve contemporáneo.

¿Cabe en el lenguaje qué es ‘ser humano’?

Hoy la lingüística, la psicología del desarrollo y la neurociencia sostienen que no se trata de que el lenguaje sea una herramienta que se añade a una mente ya formada; se parece más a una condición de posibilidad de esa mente. Por eso reseñas recientes del libro insisten en la pregunta central de Shattuck: «¿Qué es el lenguaje… y en qué nos convertimos si nos vemos privados de él?». La cuestión ya no es solo filológica ni pedagógica. Es ontológica. ¿Qué somos cuando nos falta eso que organiza la experiencia?

Irrumpe así uno de los comentarios quizá más certeros que esta historia ha suscitado. El destacado historiador Jean Starobinski insistió en que el caso de Victor mostraba algo crucial: que el hombre no nace plenamente humano; llega a serlo. Para Starobinski, la modernidad ilustrada descubrió que la humanidad es un proceso, no un dato. Y eso es, en el fondo, lo que Victor vuelve imposible olvidar.

Victor mostraba que sin socialización no hay lenguaje pleno; la IA plantea la pregunta inversa: si puede haber lenguaje sin socialización real

Todo esto parece explicar por qué Roger Shattuck era acaso el autor idóneo para escribir sobre el caso. No era médico ni lingüista, sino crítico literario y cultural, profesor en Harvard, gran especialista en literatura francesa y, muy especialmente, en Marcel Proust, lo que no resulta un detalle menor: Proust dedicó miles de páginas a explorar cómo memoria, lenguaje y subjetividad se entrelazan hasta volverse inseparables.

Por eso El experimento prohibido no suena como un informe clínico ni como un paper de psicología. Tiene la elegancia de un ensayo literario y el rigor documental de una investigación histórica seria.

La pregunta que el libro abre sigue, a su vez, sin cerrarse. ¿Qué parte de nosotros depende del lenguaje? ¿Qué queda del yo sin los otros?

El actor Jean-Pierre Cargol en otro fotograma de 'El pequeño salvaje'. Ya adulto, desarrolló una carrera de guitarrista y cantaor flamenco. Hoy tiene 69 años.
El actor Jean-Pierre Cargol en otro fotograma de ‘El pequeño salvaje’. Ya adulto, desarrolló una carrera de guitarrista y cantaor flamenco. Hoy tiene 69 años.

Hoy ya no necesitamos niños salvajes para plantearnos estas cuestiones. Las vemos en el aislamiento social, en los efectos de las pantallas, en la transformación del lenguaje público y, por supuesto, en la inteligencia artificial. La comparación parece pertinente y fecunda: Victor tenía cuerpo, afectos rudimentarios y vida, pero no un lenguaje común con otros. La IA, en cambio, parece dominar plenamente nuestro lenguaje, pero sin cuerpo ni infancia ni una experiencia del mundo compartida en el sentido fuerte que exigía Wittgenstein cuando decía que el significado de las palabras depende de su uso. Otro filósofo, Hubert Dreyfus, insistió durante décadas en este punto: la inteligencia humana está encarnada, situada, implicada en el mundo. Sin cuerpo, sin riesgo, sin necesidad, no hay experiencia en el mismo sentido. Victor mostraba que sin socialización no hay lenguaje pleno, porque el lenguaje desborda las palabras y es justamente la socialización lo que recoge y contiene ese excedente que permite la comunicación. La IA plantea la pregunta inversa: ¿puede un modelo de lenguaje formalmente ‘pleno’ (en términos de código) garantizar en torno a él una verdadera socialización?

Por eso el caso de Victor sigue siendo un espejo. Nos devuelve una intuición molesta: que lo humano no está garantizado. Que depende de condiciones muy precisas. Que sin lenguaje, pero también sin cuerpo, sin otros, sin cultura, puede no llegar a existir nunca.

Quizá por eso el de Shattuck sigue siendo un libro perturbador. Más que hacer ‘entender’ algo, parece querer que ampliemos el marco de comprensión de esa complejidad en la que, incluso sin entenderla, estamos comprendidos, sepamos o no nombrarla. Y al hacerlo deja una idea ineludible: intentar aislar lo que creemos que nos ‘hace’ humanos puede terminar no revelándolo, sino destruyendo aquello que lo hace posible.

 

Diego Bagnera

FOTO: François Truffaut y Jean-Pierre Cargol en ‘El pequeño salvaje’ (1970), basada en el caso de Victor de Aveyron, el niño hallado en estado salvaje en Francia en el siglo XVIII

https://www.ideal.es/xlsemanal/victor-aveyron-el-caso-del-nino-salvaje-20260914184651-ntrc.html