20 octubre 2026

Gabriel Rufián, en Madrid, con la sala Galileo Galilei a reventar en aquel febrero friísimo, gustando a la gente y gustándose -y mucho- a sí mismo. Desplegando la suficiencia pretenciosa del chico progre que se cree dueño de los arcanos de una estrategia basada en la unidad de izquierdas, pero reducida, al final, a cenizas de tacticismo diletante. Porque, cuando ha tenido la posibilidad de actuar, el de Santa Coloma ha hecho lo que el valentón cervantino: “fuese y no hubo nada”. O peor: sí que lo ha habido, y es ese vínculo inexplicable con la corte podemita, que constituye, junto a la levantisca ranciedumbre de Vox, el peor problema de la política española. Un embrollo, además, difícilmente resoluble, que daña la convivencia porque se nutre de la confrontación perpetua.

Nunca la ambición mal entendida y la irresponsabilidad habían alcanzado semejantes cotas, con ultras acechando a uno y otro lado. Nunca, a lo largo de cincuenta años de democracia, el poder había estado en peores manos: las de quienes, pese a la legitimidad de los votos recibidos, han ido pervirtiendo cualquier compromiso asumido con la ciudadanía. En ocasiones, a sabiendas de que era imposible cumplirlo; en otras, por pura ineptitud, incapaces de entender que utopía y realidad se parecen como un huevo a una castaña y que obcecarse en extravagancias es propio de niños malcriados que se llevan un berrinche y necesitan que un adulto los mande a su habitación a pensar un rato largo.

Rufián es un adolescente engominado y chuleta disfrazado de estadista (en comparación con la otra ultraizquierda inconexa y de ideas desnutridas, es Demóstenes, conste) que a veces adopta los modales de un paisano acodado en la barra del bar de un pueblo del Ampurdán, con la barretina puesta del revés, un palillo entre los dientes y ganas de que se arme el follón. Un provocador que da titulares de esos que conmueven por su lógica y funcionan estupendamente como argumentario de oposición, pero resultan inservibles para la gestión pública cotidiana, que requiere corazón, sí, pero también cabeza y disposición para buscar consensos.

Pero en ocasiones, como aquella tarde-noche en la Galileo Galilei acertó de pleno en el diagnóstico, pidiendo al personal a la izquierda del PSOE “ciencia, método y orden” además de grandes dosis de generosidad para frenar a la ultraderecha. Lo que sucede es que llevarlo a la práctica con esta tropa (empezando por él mismo), resultaba una quimera; mayormente porque con personajes del perfil Montero/Belarra pesan infinitamente más el apego al sillón y el afán de dañar a cualquier precio a sus archienemigas que todo lo demás. Sospecho que lo único que les saldrá bien es lo segundo, porque ellos, los de entonces, son exactamente los mismos, pero con los colmillos más retorcidos y unas hipotecas de adosados que tienen que seguir pagando, además del gimnasio ultramoderno y el colegio privado trilingüe de la prole. Es decir, la nueva burguesía salida del 15-M para tomar los cielos por asalto ha acabado en lo previsible: en otra contienda fratricida. Y hoy, todavía acariciando la albaceteña caliente y húmeda, empiezan la precampaña para reivindicar unos supuestos ideales desde un civismo ético que han traicionado sin inmutarse. Así, con cara de preocupación, nos hablan de la gravísima situación de la clase obrera para concienciar del imprescindible voto útil. Como si no hubiera pasado nada.

FOTO: Podemos y ERC pactan colaborar en las generales con Rufián y Montero juntos en campaña. EFE