21 octubre 2026

«Como bien saben los políticos demagogos, en tiempos polarizados no se vota con la cabeza ni con la billetera. Se vota con las vísceras».

 
 

Cuenta la politóloga y premio Pulitzer norteamericana Anne Applebaum que en la Nochevieja de 1999 organizó en su casa una cena a la que invitó a un grupo de amigos muy queridos para recibir juntos el nuevo milenio. Eran de colores políticos diversos, pero compartían un mismo optimismo por el futuro de la democracia liberal y sus logros. Veintitantos años después, explica ella, nada queda de esa red de amigos, rota por la deriva hacia posturas antagónicas. Unos hacia la derecha más intransigente, otros hacia una izquierda igualmente poco dialogante, mientras que un tercer grupo se acercaba a ultranacionalistas, o antisistema. En mayor o menor medida todos tenemos una experiencia similar.

La política, que antes era una parte más de nuestras vidas, ahora lo tiñe todo. Una encuesta llevada a cabo en los Estados Unidos revela que el 60,5 por ciento de los entrevistados considera que tener opiniones políticas divergentes es motivo terminante para no entablar una relación de pareja con alguien. Un estudio similar en España arroja datos más esperanzadores: solo el 35 por ciento considera que la política puede ser un escollo. Según esta estimación, los votantes del PP y Vox dan menos importancia a esta circunstancia que los de Sumar y Podemos (24 y 31 por ciento versus 50 y 51 por ciento). La encuesta es de hace casi dos años. Sospecho que, de ser más actual, los porcentajes serían bastante más altos en ambos casos.

Pero la polarización no solo condiciona las relaciones afectivas, ya sean de amistad o de pareja. Ha invadido por completo la cotidianidad. Si hablamos de cine, existen películas de derechas y otras de izquierdas. Ver, por ejemplo, Top Gun o Maverick o Sound of Freedom se considera de fachas. Mientras que las obras de Almodóvar y los Javis son progresistas. De hecho, no se juzga si la peli es buena o mala, se juzga por el mensaje que se le atribuye.

En cuanto a escritores, pensadores o intelectuales, da igual que hablemos de un genio como Ernst Jünger o de un intelectual de referencia como Sartre. El Homo politicus de antes metamorfoseado ahora en Homo hiperpoliticus no les dará ni una oportunidad. Al contrario, se jactará de no leerlos: a uno, por nazi; a otro, por comunista. La censura preventiva es tal que hay progenitores que prohíben a sus hijos leer Harry Potter porque su autora, J. K. Rowling, osó emitir opiniones políticamente incorrectas y supuestamente antifeministas sobre qué es una mujer. La politización que nos infesta también ha llegado a la moda. No me refiero a cómo visten unos y otros; moda de derechas y de izquierdas ha existido siempre. Hablo de casos como la ‘cancelación’ del modisto John Galliano, que, borracho una noche en un bar, hizo comentarios antisemitas en voz alta. El hecho ocurrió hace quince años, pero sigue cancelado. Meses atrás, la todopoderosa Anna Wintour intentó rescatarlo del séptimo círculo del infierno donde habita y hacerle un homenaje. Fracasó estrepitosamente. Casi la cancelan a ella también.

La polarización alcanza otros muchos ámbitos como la ciencia (cambio climático sí o no), la medicina (eutanasia y aborto sí o no), el deporte, la música, el arte y, por supuesto, el periodismo. Todo el mundo debe tener necesariamente un color, una bandera. Ocurre incluso en terrenos tan aparentemente ajenos como la gastronomía y se manifiesta en boicots a productos de tal o cual país, o en dejar de comer quinoa, soja o aguacate por su impacto ambiental. Si a esta deriva añadimos el fenómeno de las redes sociales, que hacen de altavoz al tiempo que obligan a tomar postura premiando las más extremas y controvertidas, ya tenemos la tormenta perfecta.

El término ‘hiperpolitización’ lo acuñó el filósofo alemán Peter Sloterdijk allá por los mismos años en los que Anne Applebaum y sus amigos saludaban con esperanza y concordia la llegada del siglo XXI. Premonitoria la visión de Sloterdijk, que ya entonces anticipó que íbamos «hacia un mundo en el que las redes y los medios crearían un estado de alarma permanente que obligaría a posicionarse». «Paradójicamente –argumentó él–, cuando todo es político, la política pierde capacidad de acción. Antes politizar era organizar, crear un partido, un sindicato, algún tipo de estructura. Ahora es solo visibilizar, denunciar, cancelar, iniciar un trending topic». Y en este río revuelto de hiperpolitización general son varios los movimientos, de un signo y otro, que intentan pescar. Es tan fácil.

Como bien saben los políticos demagogos, en tiempos polarizados no se vota con la cabeza, ni siquiera con la billetera. Se vota con las vísceras, por lo que conviene crear un antagonista, un enemigo a combatir y a quien culpar de todo lo que ocurre. Para los de izquierda son los fascistas; para la derecha, los emigrantes. Y en esa tramposa dicotomía nos movemos todos, obligados a elegir bando, nos guste o no.

Carmen Posadas

FOTO: https://forodeanalisis.org/estamos-realmente-polarizados/

https://www.ideal.es/xlsemanal/firmas/carmen-posadas/hiperpolitizacion-hasta-en-la-sopa-20261012114255-ntrc.html