27 octubre 2026

¿Quién destroza más el patrimonio de Granada: los alcaldes/as, los arquitectos o los promotores? PARTE 1

Solo Gabriel Pozo Felguera nos podía ofrecer este brillante reportaje, valiente y muy bien documentado, sobre la paulatina destrucción de una ciudad que, pese a todo, sigue siendo bella, en un recorrido con abundantes imágenes que muestra una transformación urbanística sin criterio que la ha afeado

  • La recta final del franquismo fue la etapa más perniciosa para la destrucción del patrimonio y el paisaje de la ciudad, comparable con las Desamortizaciones del XIX y la cala de Gran Vía

  • El paradigma de la afición por destruir el paisaje urbano histórico lo tenemos en el rotundo cambio de la zona de Puerta Real, completamente desfigurada en el último siglo

Si Granada es hoy como es, ¿cómo sería como era? La ciudad continúa teniendo fama de ser una de las más hermosas de Europa. A pesar de infinidad de amputaciones, destrucciones y pegadizos que la han desfigurado. Enfiló el fin del XIX siendo armónica, equilibrada, homogénea. Parecida a Florencia. Ha empezado el XXI desfigurada, agredida, con edificios clavados como puñales que sangran a la vista. Menos mal que todavía quedan muchos rincones casi impolutos, incluso mejorados, que mantienen la esencia del pasado. Y el conjunto monumental mejor cuidado de España, la Alhambra. Granada es una ciudad de culturas de aluvión que han ido superponiéndose y reaprovechándose; con ramalazos de turbión que se lo han llevado todo por delante. Con especial inquina a partir de las desamortizaciones del XIX, las reformas interiores de la Gran Vía y Manigua y, sobre todo, la manga ancha del tardofranquismo exterminador de los setenta. Todos hemos tenido la culpa, por acción o por omisión, pero hay que poner nombres y apellidos a los mayores culpables de esta Granada aniquilada: ¿Quién la ha destrozado más? ¿los alcaldes, los arquitectos o los promotores? El ejemplo más claro ha sido la burda transformación del área de Puerta Real en el último siglo. Pero en el listado hay infinidad de casos más a destacar. Vamos a recordar algunos.

Sí. Porque cada día asistimos a la desaparición de algunos elementos arquitectónicos o urbanísticos del pasado sin que sus responsables lo remedien

He puesto el verbo del titular en presente y no en pretérito porque entiendo que destroza denota claramente que ─el proceso de destrucción y prostitución de la urbe─ es una acción iniciada, constante y no acabada. Sí. Porque cada día asistimos a la desaparición de algunos elementos arquitectónicos o urbanísticos del pasado sin que sus responsables lo remedien. De una manera callada, porque ahora no se trata del derribo de barrios enteros, la cubrición de un río (y no quiero hablar del enterramiento de la Acequia Gorda) o la demolición de un gran edificio histórico. Pero continúan cayendo, incendiando o utilizando okupas para provocar la ruina de casas del XVIII o XIX; luego reaparecen convertidas en bloques turísticos. O adefesios disonantes en barrios antiguos. Resucitados con dos, tres o cuatro alturas más. También seguimos hoy levantando una ciudad a las afueras a base de rebaños de edificios cebra, los rascacielos más feos e impersonales del firmamento, copiados de las ciudades vacacionales de los soviets. Impropios de ocupar el extrarradio de una ciudad monumental como Granada. Eso no se ve en la mayoría de ciudades castellanas históricas; mucho menos en Francia o Italia.

Aspecto del caserío de Granada a finales del XIX, antes de empezar la Gran Vía. Entonces sí era acreedora a ser la Florencia de España. Solamente Zaragoza y Valencia han sufrido daños comparables a Granada en los últimos 150 años.

Granada no se ha destrozado sola, a sí misma. Muchos rincones los han dejado hechos unos zorros. Toda esa destrucción o sustitución por adefesios tuvo y tiene nombres y apellidos

Granada no se ha destrozado sola, a sí misma. Muchos rincones los han dejado hechos unos zorros. Toda esa destrucción o sustitución por adefesios tuvo y tiene nombres y apellidos. Hay alcaldes y arquitectos que han liquidado partes de Granada. Ciertos alcaldes y muchos arquitectos. Y casi todos los promotores. Cada uno con diferente grado de responsabilidad. Ha habido periodos en que la acción u omisión del alcalde (entiéndase como cabeza del colectivo de ediles) se ha merecido la culpa absoluta; en otros, por el excesivo peso o personalidad del técnico que le ha aconsejado o manipulado; y casi siempre con la colaboración de la parte más interesada: el propietario del edificio o del terreno, es decir, el promotor.

Aunque lo peor de todo para la destrucción de la ciudad ha sido la fatal concurrencia de un alcalde inane, un técnico osado y un promotor avaricioso

Aunque lo peor de todo para la destrucción de la ciudad ha sido la fatal concurrencia de un alcalde inane, un técnico osado y un promotor avaricioso. Un cóctel fatal que ha soportado puntualmente Granada, sobre todo en el último medio siglo. Por eso, es difícil poner la mano en el fuego por la mayoría de alcaldes, arquitectos municipales y casi ningún promotor. De bufandas navideñas prefiero no hablar.

Entre esos tres protagonistas del diseño urbano de Granada han convertido algunas calles en verdaderos dientes de vieja. Llamo así a la convivencia o alternancia, en chirriante vecindad, a la proliferación de perspectivas donde se suceden edificaciones del pasado lejano, en estilos renacentistas o regionalistas, con enormes bloques de arquitectura reciente que les doblan o triplican en altura. Y les multiplican en fealdad. Sin mencionar el recrecido sigiloso de una o dos plantas.

Dientes de vieja en Puentezuelas. Claro ejemplo de “convivencia” entre viviendas bajas originales del XVII-XVIII y bloques de ocho plantas de los setenta. Aparatosos muros medianeros de varios alzados. A la derecha, unos cuantos edificios de Reyes Católicos sumaron una planta más en el siglo XX.

Para dónde miraba el alcalde cuando firmó las licencias de estos dos edificios. El de la izquierda, en la calle San Jerónimo, a continuación del Colegio de Farmacéuticos (otro que tal baila); con balcones voladizos de 1,30 metros sobre la acera. Se cargó las vistas de la Colegiata de San Justo. El otro, en la Plaza de la Romanilla, en ladrillo visto, a cincuenta metros de la Catedral y una mediana que parece un frontón de pelota vasca.

Granada no era así hace un siglo. Existía armonía en alturas, alineaciones y estilos. Las fotografías de finales del XIX muestran una ciudad equilibrada en el centro y tímidamente modernizante en la periferia. Moderna de manera cauta, con casas que no sobrepasaban las cuatro o cinco alturas. Ni traspasaban el mal gusto en decoración y acabado. Daba la sensación de que se iba hacia el ensanche mediante el diseño de ciudades lineales, quizás difusas para diluirse con la vegetación. Pero no, de pronto surgió la ciudad anárquica, la que sembraba las hazas de cultivo con bloques, sin planificación de calles, alineaciones, sistemas ni servicios generales. Fueron los casos de parte del Zaidín y Chana.

Fue el imperio del cateto del puro. Es decir, un agricultor o alarife que tenía un terreno, o lo compraba, se metía a contratista, después a constructor y al final acababa paseándose en coche descubierto por el Tiro Pichón, con un cohíba en los labios.

Fue el imperio del cateto del puro. Es decir, un agricultor o alarife que tenía un terreno, o lo compraba, se metía a contratista, después a constructor y al final acababa paseándose en coche descubierto por el Tiro Pichón, con un cohíba en los labios. Buena parte de aquellos constructores fueron gentes sin cultura, sin tradición ni sensibilidad hacia Granada. Porque en esta ciudad no abundaron los promotores procedentes de una burguesía culta a la que le duele su acervo. Como sí ocurre en regiones norteñas de la Península. Aquí lo importante ha sido dar el braguetazo con el palustre y hacer ricos a los herederos. Muchos ya murieron y ahí se han quedado los mojones que empuercan Granada. Haberlos haylos a decenas, por cualquier calle que paseemos.

Desprecio al crecimiento en capas de cebolla

A principios de los años noventa, el Colegio de Arquitectos trajo a Granada al prestigioso urbanista italiano Aldo Rossi (1931-97). Esta ciudad acababa de aprobar su primer Plan General de Urbanismo serio de toda su historia (1985). Por primera vez se tenía un catálogo y una normativa para reglar la manera de construir y evitar las mil artimañas de destruir. Necesitaban el análisis y consejo externo sobre el futuro diseño de la ciudad, en un momento en que se disparaba la población y se generaban grandes expectativas de crecimiento y negocio en la periferia.  

Subieron a Rossi a varios miradores, le enseñaron secuencias de fotografías de la evolución de Granada en las últimas décadas. Cuando estaba en el mirador de San Cristóbal vino a decir que el daño era irreversible

Subieron a Rossi a varios miradores, le enseñaron secuencias de fotografías de la evolución de Granada en las últimas décadas. Cuando estaba en el mirador de San Cristóbal vino a decir que el daño era irreversible, Granada había pasado de parecerse a Florencia unas décadas atrás a ser una ciudad desfigurada con infinidad de incrustaciones modernas. La comparación con Florencia había estado en boca de ilustres viajeros y escritores que nos visitaron en la segunda mitad del XIX y principios del XX.

 

Confusión. Los edificios se elevaron en el siglo XX hasta dejar menguadas y ensombrecidas las fábricas de las iglesias, que hasta entonces habían sobresalido notablemente. Tal como Guesdon las plasmó en su dibujo de 1853.

Porque todas las arquitecturas tienen su tiempo y su espacio, pero en Granada se había caído en el error de mezclar ambos conceptos

No había habido ningún tipo de planificación urbana en el siglo XX al estilo de las ciudades históricas, es decir, crecer en forma de capas de cebolla, a partir de un núcleo central. Porque todas las arquitecturas tienen su tiempo y su espacio, pero en Granada se había caído en el error de mezclar ambos conceptos. Las ciudades históricas mejor conservadas y cuidadas partieron de un núcleo, quizás romano; después fueron creciendo en época medieval, rodeadas por murallas. Con edificios propios de esas culturas hechos al estilo monumental y duraderos. Siguieron añadiéndoles capas de viviendas al estilo musulmán, renacentista, barroco, racionalista, quizás modernista y después distintos estilos más modernos. Cada una de esas capas eran identificables con un tiempo y una cultura arquitectónica. Cada estética cabía en su capa y chirriaba si era incrustada en las otras.

En los años ochenta estos ya no eran periferia, el crecimiento los había posicionado en lugares muy apetecibles para clases sociales más pudientes. Había que laminar esos vestigios históricos y macizarlos con torres

Pero Granada no había sabido respetar ni las culturas del pasado ni el crecimiento en capas. Al lado de un edificio musulmán o renacentista surgió otro de hormigón y aluminio de ocho plantas, o lleno de cristaleras. Se alternan casas de estilo regionalista de mediados del XIX con otros de viviendas y balcones de tubo metálico de los años setenta. De fachadas minimalistas o chapadas de azulejería. Se habían borrado del mapa, o se estaba en fase de hacerlo, barrios históricos surgidos en la periferia para dar solución de manera ordenada y homogénea a crecimientos de población ocasionales del pasado. Como fueron los barrios de cebolleros de San Lázaro y Fígares. En los años ochenta estos ya no eran periferia, el crecimiento los había posicionado en lugares muy apetecibles para clases sociales más pudientes. Había que laminar esos vestigios históricos y macizarlos con torres.

El asunto volvía a repetirse en Granada. En la Historia de esta ciudad ha habido determinadas etapas en las que parecen haberse confabulado los tres mayores peligros del urbanismo mencionados (alcaldes, arquitectos y promotores). Unidos pudieron destrozarla a placer. Lo consiguieron en buena parte.

Las capas de cebolla no funcionaron muy bien en el urbanismo de Granada. Conviven paredaños edificios representativos de arquitecturas muy alejadas en su historia.

En la noche de los tiempos fueron los invasores romanos quienes convirtieron un oppidum ibero (que desconocemos) en una trama con cardo, decumano, foro, templo y senado. La que precisamente se llamó Florentia Iliberritana. Además de infinidad de villas que la pax romana permitió levantar en el limes, el término municipal de una legua más o menos. Luego llegaron los musulmanes, esta vez en aluvión, que utilizaron la piedra noble de las construcciones romanas para reaprovecharla en sus mezquitas y mejorar las termas copiadas a Roma. Fueron varias oleadas que fortificaron la colina original (Albayzín) y diseñaron una traza a su alrededor; ese origen de una ciudad que no tuvo medievo es achacable a la cultura zirí-judía. Los nazaríes ampliaron y mejoraron las estructuras de ziríes, almorávides y almohades. Además de levantar la ciudadela de la Alhambra.

Y para dar una vuelta más de tuerca, el barrio mudéjar/morisco del Albayzín fue demolido en un alto porcentaje para evolucionar a barrio de los cármenes entre el XVII y XIX

El aluvión cristiano se tornó en turbión al decidir eliminar makáveres, salientes, balconadas, jabalcones, pasadizos y otros elementos característicos de la arquitectura musulmana, más proclive a lo quebrado, estrecho y sinuoso que a la recta castellana. Se destruyó el barrio de la mezquita mayor para levantar la montaña pétrea de la Catedral, Capilla Real y Lonja. También se desnaturalizaron mezquitas y palacios de la aristocracia nazarí para reconvertirlos en iglesias, conventos y casas solariegas de los conquistadores cristianos. Y para dar una vuelta más de tuerca, el barrio mudéjar/morisco del Albayzín fue demolido en un alto porcentaje para evolucionar a barrio de los cármenes entre el XVII y XIX; de cada cuatro casillas del montículo, tres fueron derribadas, se levantaron muros y bancales con los escombros y nacieron los cármenes en ladera (casa con huerto).

A mediados del XVII se había conformado una ciudad renacentista, con abundantes construcciones originales musulmanas y otras reconvertidas en cristianas al gusto castellano. Granada tuvo una fisonomía propia, característica y particular. Muy plástica, atractiva y alabada por visitantes y viajeros. Que la pintaron y publicitaron en láminas hasta la saciedad. Una mezcla de orientalismo, medievalismo tardío y renacimiento.

Y ya, sin solución de continuidad, prosiguió actuando la piqueta de manera inmisericorde hasta finales del XIX

Aquella Granada inamovible, como una foto fija, cambió muy poco hasta principios del siglo XIX. Cuando los franceses empezaron a cebarse con edificios religiosos y a ordenar paseos arbolados al lado del Genil. Menos mal que apenas estuvieron aquí dos años y medio (1810-12). Lo peor estaba por llegar con las desamortizaciones liberales de 1835 y 1850; quedó abierta la veda para la destrucción sistemática de edificios religiosos y algunos públicos, los dejados en manos muertas. Empezaba la época de la Granada desaparecida (que tan bien enumera J. M. Barrios Rozúa en su libro del mismo título). Y ya, sin solución de continuidad, prosiguió actuando la piqueta de manera inmisericorde hasta finales del XIX.

El Puente de la Paja antes de 1856. Se ve todavía la Alhóndiga sin quemar y las dos casillas delante del futuro café Suizo. Aquí sí eran realidad las dos Aceras, la del Darro y la de la Alameda.

Se aceptaba ─y aplaudía─ demoler lo de siglos anteriores para sustituirlo por nuevos materiales, diseños y texturas; también fue el momento de la fiebre realineadora de calles, de manera que casi todas las del casco antiguo sufrieron asolamientos, derribo de cobertizos y ensanche de pasajes

La sociedad granadina confundía lo antiguo con lo viejo; se aceptaba ─y aplaudía─ demoler lo de siglos anteriores para sustituirlo por nuevos materiales, diseños y texturas; también fue el momento de la fiebre realineadora de calles, de manera que casi todas las del casco antiguo sufrieron asolamientos, derribo de cobertizos y ensanche de pasajes. Ya para entonces apenas quedaban restos de las antiguas murallas, sólo una porción en Pescadería y las puertas de Bibarrambla y del Pescado (además del tramo que subsiste en la Alhacaba y Cerca de Don Gonzalo). También fue cambiada por completo la fisonomía de soportales de Bibarrambla.

En 1895 empezó la gran reforma interior que se llevó por delante buena parte de la Granada morisca y renacentista: la cala de la Gran Vía. La nueva sociedad ─burguesa y enriquecida─ buscó pretextos para sanear y comunicar mejor las estaciones de ferrocarril. Destrozó un porcentaje importante de la Medina para hacer una avenida recta y ancha al estilo de París. Para ubicar los nuevos negocios y residencias de los enriquecidos por la remolacha. Por supuesto, hubo que expulsar antes a los moradores oriundos.

Pero a partir de ese momento las residencias se “dieron la vuelta”, añadieron crujías y fachadas a la nueva Carrera del Darro y se conformó lo que hoy calificamos como la calle más bonita de Granada

La avenida del azúcar arrancaba justo en el río recién embovedado. Volvía a repetirse la vuelta al calcetín de calles en torno al Darro: a finales del XVI-principios del XVII fue levantado el muro de contención del Darro entre el puente de Santa Ana y el derruido de los Tableros; hasta entonces todas las casas señoriales de la zona tenían su entrada por las callejuelas interiores, pero a partir de ese momento las residencias se “dieron la vuelta”, añadieron crujías y fachadas a la nueva Carrera del Darro y se conformó lo que hoy calificamos como la calle más bonita de Granada. Una parte de la nobleza vivía ahí.

Algo similar ocurrió a partir del embovedado del Darro entre Plaza Nueva y el Puente de la Paja (Puerta Real), a partir de 1858. Lo que era un becario de río, hundido, lleno de tintoreros, lavanderas y desperdicios, pasó a convertirse en la calle principal de la ciudad. Nació la primera avenida sobre una bóveda y, lo que hasta entonces habían sido traseras del Zacatín (Revés), malecón de los Tintes y traseras de Lepanto, pasó a ser a partir de 1880 la calle comercial de la nueva burguesía: Reyes Católicos.

También por esa época final del XIX se decidió cubrir el centenar de metros que discurría el Darro abierto entre los puentes del Rastro y de Castañeda. Salió una inmensa explanada, ligeramente abovedada; pronto fueron reconstruidas o levantadas nuevas edificaciones de hasta cuatro alturas en lo que llamaron Acera del Darro y Acera de la Alameda (posterior Del Casino). Esa es la imagen tan armónica con que fueron impresas miles de postales del centro de Granada. El corazón de las comunicaciones de diligencias, tranvías y primeras líneas de autobuses.

El kilómetro cero de los destrozos

He elegido como uno de los máximos exponentes de la tarea de zapa y reconstructora del casco antiguo de la ciudad el kilómetro cero o milla de oro: cien metros alrededor de la Fuente de las Batallas. Es decir, Puerta Real, la Acera del Darro, la Acera del Casino, el Campillo y el inicio de la Carrera de la Virgen.

Después, lo hemos llenado de carteles, plantas, árboles, mobiliario y automóviles, en una especie de totum revolutum que dispersa nuestra atención.

La comparación fotográfica de este espacio entre un ayer no tan lejano y la actualidad lleva a la primera conclusión: todo parece más constreñido y artificial. En primer lugar, porque hemos elevado los edificios en varias alturas. Después, lo hemos llenado de carteles, plantas, árboles, mobiliario y automóviles, en una especie de totum revolutum que dispersa nuestra atención. Y nos ayuda a esconder el contraste entre el dispar y heterogéneo muestrario de edificaciones que se asoman con sus fachadas.

Cuando el embovedado estaba intacto y las dos aceras enfrentadas presentaban una imagen más o menos homogénea, con edificaciones del XIX y principios del XX.

Ninguno de los edificios de este perímetro supera los ciento cincuenta años de existencia. Incluso uno de ellos, ni siquiera el cuarto de siglo

Ninguno de los edificios de este perímetro supera los ciento cincuenta años de existencia. Incluso uno de ellos, ni siquiera el cuarto de siglo. Su perfil es el mejor exponente de la teoría de dientes de vieja, con altibajos e irregularidades, incluida una negra muela picada (que habría de extraerse a la primera oportunidad). Solamente cuatro de los edificios son anteriores a la pasada guerra civil. Sí, aunque sorprenda, la inmensa mayoría no tienen ni noventa años de vida.

El más horroroso de todos los de esta acera es el lindero con el hotel Victoria, al que sobrepasa en tres plantas, deja unas medianerías en ambas caras que avergüenzan y es un catálogo variopinto de cerramientos de aluminio

La casa del Suizo o Café Granada (aunque sólo queda su fachada) es el más antiguo de todos, levantado tras el incendio de la Alhóndiga vieja en 1856. Bajando por la Acera del Darro tenemos el remate redondo del Hotel Victoria, de 1900, y su antiguo edificio hostelero, de pocos años antes. Sucesor de la posada de las Imágenes. Las demás casas de la Acera del Darro hasta la calle Puente de Castañeda fueron levantadas casi todas tras la guerra civil y finales del siglo XX, cada una de su padre y de su madre en cuanto a estilos. Diseños heterogéneos, algunos exponentes del peor gusto arquitectónico para este escaparate. El más horroroso de todos los de esta acera es el lindero con el hotel Victoria, al que sobrepasa en tres plantas, deja unas medianerías en ambas caras que avergüenzan y es un catálogo variopinto de cerramientos de aluminio. Por supuesto, donde había cuatro alturas, ahora tenemos ocho.

Una de las mayores agresiones en Puerta Real, el horrible edificio y su mediana sobre el hotel Victoria. La línea de aguas es claro ejemplo de dientes de la vieja.

Los dos siguientes, aunque reformados, reciben el aprobado por ser en esencia los mismos que levantaron a principios del siglo XX. Aunque agobiados entre sus mastodontes vecinos por izquierda y derecha.

En esta misma acera también hay que destacar por su fealdad el conocido como “bóvedas del cementerio”, el de los quince antepechos con arcos rebajados que su autor debió copiar del camposanto municipal

En esta misma acera también hay que destacar por su fealdad el conocido como “bóvedas del cementerio”, el de los quince antepechos con arcos rebajados que su autor debió copiar del camposanto municipal. Le siguen tres casas más, bastante coherentes al imitar la arquitectura historicista que fue utilizada por los arquitectos municipales de mediados del XIX para construir la calle Reyes Católicos, la nueva Bibarrambla realineada y la mayoría de calles de nuevo trazado. Incluso el que fue vivienda de los Rodríguez-Acosta (posterior hotel Juan Miguel) fue levantado de cero y rematado con una graciosa mansarda afrancesada.

La Acera, entre las calles Pino y Puente de Castañeda, la remata el enorme bloque llamado Montes Orientales, obra de madurez del arquitecto municipal que firmó otros dos proyectos en esta misma plaza: los franquistas, neoherrerianos, afrancesados o imperiales que son Costales (sobre el solar del incendiado Colón) y el de Almacenes Olmedo en la embocadura de la calle Ganivet. Frente a Correos, otro imperial franquista de los cincuenta diseñado por arquitectos foráneos.

Evolución de la milla de oro de Granada en el que se aprecian los cambios de edificaciones, desde los años veinte a la actualidad. En la foto de abajo aparece la muela negra de la vieja, pegada al teatro.

Esta Acera del Darro conserva todavía, aunque muy devaluados, los tres típicos pasajes que eran originales de cuando surgió el barrio del Rastro alto, a principios del siglo XVI

Esta Acera del Darro conserva todavía, aunque muy devaluados, los tres típicos pasajes que eran originales de cuando surgió el barrio del Rastro alto, a principios del siglo XVI. En origen fueron callejuelas que, debido al incremento del valor comercial de la zona en el XIX, se mantuvieron como comunicación entre la Acera del Darro y San Antón; con la particularidad de que se convirtieron en galerías comerciales.

Esta Acera estaba separada de la de enfrente por el cauce del Darro. Se comunicaban a través del ancho puente de la Paja cauce arriba y por el gracioso puente de Castañeda, frente a la calle del mismo nombre. En la década de 1860-70 se decidió unirlos mediante una bóveda de suave curvatura. Tenía una giba de poco más de 1,60 metros en su parte más alta, lo que hacía que quienes caminaban por una acera apenas vieran las cabezas de quienes lo hacían por la contraria. De ahí que se les bautizara como los “sombreros andantes”.

El Zaida visto antes de que fuese demolido el Puente de Castañeda y tres postales de los años 1940-60. También se ve la casa de cuatro alturas en la Placeta de Bibataubín, la que después fue convertida en torre muestrario de azulejos de baño.

Edificio moderno que sustituyó al número 1 de Carrera de la Virgen. De cuatro alzados más.

continuará

Gabriel Pozo Felguera.

https://www.elindependientedegranada.es/ciudadania/quien-destroza-mas-patrimonio-granada-alcaldesas-arquitectos-promotores