«Blanqueamientos Abascal» por Fran López
Quien hoy redacta estas líneas arrastra sus raíces sembradas y germinadas en un pequeño pueblo acunado, como bien decía mi abuela mama Ascensión, «entre valles, pinares y olivares». Allí me crié al amparo de familias de condición humilde, de recursos económicos pobres y ricas en valores.
Por razones que el lector descubrirá si así lo desea, hoy vienen a mi mente imágenes de mi niñez en las que veo a las cabezas de familia mis vecinas y mi propia abuela— blanqueando la fachada de sus viviendas con ropa oscura, pañuelo levemente estampado cubriendo su cabeza anudado bajo el mentón, cubo de cal viva rebajada con agua y brocha gorda; lo hacían con más convicción que protección, pues su cultura les decía que a toda costa había que mantener una buena imagen de familia y casa de bien. Blanquear y lustrar la fachada de la vivienda era esencial.
El blanco como símbolo de la paz que toda familia ansiaba. De puertas adentro, cada familia cargaría con sus avenencias o le añadiría a la rutina diaria un prefijo para convertirlo en desavenencias; pero de puertas afuera, la costumbre mandaba mantener esa imagen de limpieza y pulcritud que todo hijo de vecino anhelaba para su hogar.
Pero la cal en este país guarda una memoria doble, una doble y amarga naturaleza. Hay una trágica ironía en la química de esas piedras de polvo blanco. En mis años de niñez, aquellas vecinas que la usaban como símbolo de pulcritud y respeto a sus hogares y a quienes los habitaban lo hacían con el peso de saber que aquel mismo compuesto era también la cal con la que, décadas atrás, los verdugos de la dictadura rociaban los cuerpos maltrechos en las fosas comunes tras el tiro de gracia. Los cuerpos de sus propios antepasados.
Quizá por eso, porque uno no se despoja jamás del todo del peso de las raíces ni del significado amargo de la historia, no he podido evitar que estas imágenes acudan de golpe a mi memoria al comprobar en qué anda ocupada la actualidad mediática.
El foco apunta este lunes al plató de La Revuelta, donde el líder de la ultraderecha española —esa misma corriente política que mira con nostalgia aquel régimen de cunetas y fosas encaladas—cruzará el umbral de la televisión pública que sus propios mítines amenazan con clausurar. Acude allí al cobijo del trazo fino de la broma y el sofá cómodo de la complicidad televisiva para blanquear la imagen de su desgarradora labor diaria en mítines que solo buscan la denigración del adversario político.
Se trata de un nuevo y pulido intento de blanqueamiento, un empeño por convertir al hombre de la denigración y la dialéctica hostil en una figura inofensiva de prime time, usando el plató como si fuera una brocha gorda dispuesta a tapar, bajo la sonrisa del entretenimiento, las aristas oscuras de su discurso.
El líder de la ultraderecha acudirá con la lechada de cal preparada y el guion medido al milímetro para su operación y la brocha gorda dispuestas al blanqueamiento, pero si hay algo que alienta la esperanza en esta comedia, es que enfrente estará David Broncano, el único presentador del país que ha construido un imperio televisivo sin haberse leído una sola ficha de documentación en su vida. Ante un acontecimiento de tal magnitud histórica, solo nos queda mantener la fe en el buen hacer de David.
Los ciudadanos progresistas de este país estamos seguros de que, por primera vez en su carrera, se preparará una entrevista y lo hará genial