Ronda (Andalucia, Spain): old typical street with white houses

Deambulando por la ciudad, entre bloques de pisos tan iguales y tan feos, me llega, por contraste, el recuerdo de aquellas casas que formaron mi entorno en las décadas de los cincuenta y sesenta

Una casa puede ser solo un montón de ladrillos, baldosas y otros materiales de construcción, pero prefiero encontrar en cualquier casa, de la más pobre a la más próspera, el telón de fondo de un paisaje humano, el ámbito amable donde se han desarrollado las vidas de quienes la han habitado, donde se han amado, han discutido, reído, llorado, donde se han roto muchas ilusiones y han nacido y muerto muchos miembros de una estirpe.

Deambulando por la ciudad, entre bloques de pisos tan iguales y tan feos, me llega, por contraste, el recuerdo de aquellas casas que formaron mi entorno en las décadas de los cincuenta y sesenta. Eran casas que cubrían todo un espectro socio-económico y que iba de la simple cueva, desprovista de los más elementales servicios urbanos –sin agua corriente, electricidad o saneamientos–, hasta los palacetes de la burguesía, pasando por los distintos rangos de la clase media. Se diferenciaban unas de otras y mostraban las posibilidades económicas de las familias y también sus criterios estéticos.

Las casas que quiero recordar solían ocupar dos plantas y había varios dormitorios, pues las familias eran mucho más numerosas que en nuestros días. Las cocinas eran amplias e incorporaban una despensa, igualmente amplia y llena de baldas. Dado que se cocinaba con hornillas de carbón era imprescindible que hubiera un par de carboneras, una para el carbón de cocinar y otra para el cisco de los braseros, único sistema de calefacción posible.

Por entonces se diferenciaba el cuarto de estar o salita y el salón de respeto, que solo se usaba para recibir visitas y en las comidas más significativas del año, tales como la cena de Nochebuena o el santo del cabeza de familia. A los chiquillos se nos vedaba el paso, por lo que las pocas veces que entrábamos nos maravillábamos viendo los adornos y porcelanas, esos mismos que años después heredamos sin saber muy bien dónde ponerlas en nuestros exiguos pisos de noventa metros cuadrados, donde no sobraba una pulgada. En aquellas casas era frecuente la existencia de un jardín, siempre con una o dos palmeras y unos setos que pocas veces medraban, porque la chiquillería los arrasábamos saltando por encima o a balonazos.

Obviamente, solo algunas familias disponían de coche, por lo que era innecesario disponer de un garaje. Es más, se consideraba peligroso meter bajo el mismo techo el coche y la familia, por lo que en las casas más adineradas, las que tenían coche, lo aparcaban en cocheras bien alejadas, por miedo a un eventual incendio del vehículo y porque sus casas carecían de aparcamiento.

Por entonces se diferenciaba el cuarto de estar o salita y el salón de respeto, que solo se usaba para recibir visitas y en las comidas más significativas del año

También era casi una exigencia que las casas dispusieran de una cámara que, además de servir de aislante para las temperaturas extremas, era un sitio de almacenaje de muebles antiguos y cachivaches, y servía de tendedero para los días de lluvia. En esas cámaras estaban las tinajas de acero inoxidable para el aceite –los críos nos reíamos mirándonos deformados por la curvatura de aquel espejo improvisado–, y hasta una artesa de sal donde se salaban los jamones de la matanza, amén de baúles que tenían verdaderas maravillas, llenas de polvo y polillas.

Mi abuela les alquiló, en los tiempos de la República, un trozo de aquellas cámaras a los miembros de una asociación cultural para que ensayaran las murgas de carnaval. Mi madre contó siempre que se hacía un silencio funeral durante las sesiones de ensayo para poder oír las letras de aquellas canciones, llenas de procacidad y dobles sentidos que les provocaban risas que tenían que disimular por mostrar un sentido del decoro. Mi abuela terminó por no renovar aquel alquiler, que, por otra parte, no cobraba casi nunca.

Había otras casas más modestas que, con un criterio más pragmático, tenían una huerta con verdura y frutales, así como una cochiquera donde criaban cerdos. Estos elementos suponían un verdadero desahogo económico para las familias, pues con los productos hortícolas, la matanza y los jornales de la temporada de la aceituna, la economía familiar estaba salvada para todo el año. Cuando empezaron a proliferar los utilitarios y la faena agrícola empezó el proceso de mecanización, las casas se adaptaron y se perdieron las huertas y cochiqueras, que pasaron a convertirse en una amplia cochera donde meter el tractor, el volquete y el coche. Estos cambios coincidieron con la modernización de los muebles de cocina, que en la reforma se sustituyeron, pasando los antiguos a la cochera para almacenar las cosas que habían dejado de servir: los braseros, los viejos molinillos de café, las sartenes desechadas, alfombras ya muy desgastadas, mangueras llenas de parches, etc.

Mi memoria recupera un detalle de aquellas casas: como era frecuente que la sala de estar estuviera en la segunda planta, y alejada de la puerta de entrada a la vivienda, se dejaba un ventanuco en el suelo de la habitación que estuviera exactamente encima de la entrada. Si llamaba alguien, bastaba con levantar la baldosa que cubría el agujero y veías quién llamaba al timbre o aporreaba aquellos llamadores de bronce. Bastaba con echarle la llave por el agujero, si era conocido. Si no lo era, en la subida de la escalera se instalaba una polea con una cuerda que abría el pasador del cierre y no era necesario bajar.

Cuando en los años del desarrollismo se cambió la casa de pueblo por el piso, menos amplio, desaparecieron la mayor parte de los elementos de aquellas casas, casi todas en ruinas en la actualidad y condenadas a la piqueta, aunque en algunos casos se mantendrá la fachada venerable para que una hamburguesería o un kebab la cambie por una decoración chillona y de gran impacto publicitario, que lo importante no es la historia que aquel caserón guarda entre sus paredes, sino el mostrenco interés del beneficio inmediato. O tempora, o mores, que no significa «o las témporas o los moros», que decía un castizo, sino «¡Oh tiempo, oh costumbres!».

https://www.ideal.es/opinion/alberto-granados-aquellas-casas-20260329203329-nt.html