LA MEMORIA DEL DARRO
En la Granada de antaño, el agua no era solo un elemento esencial, sino el alma que latía en cada rincón de la ciudad. Ríos, acequias y aljibes dibujaban un paisaje en el que la vida transcurría al ritmo del murmullo de las corrientes.
De aquella Granada acuosa, hoy solo quedan retazos, pequeños vestigios que recuerdan un esplendor perdido bajo el cemento y la modernidad.
El Darro, eje de la Granada vieja, fue mucho más que un río: era un torrente de vida, de historia y de poesía. Su nombre, vinculado al oro que una vez se extrajo de sus aguas, cambió con las civilizaciones que poblaron la ciudad, desde el Dauro romano hasta el Hadarro árabe. Fue el límite de la Iliberri romana, el corazón de la Garnata zirí y la arteria de la Alhambra nazarí. Sus aguas, canalizadas con sabiduría por acequias y aljibes, abastecían palacios, jardines, baños y molinos, permitiendo que la ciudad floreciera en medio del paisaje árido.
Las imágenes de pintores y grabadores del siglo XIX nos muestran una Granada íntimamente ligada al agua. Por el Paseo de los Tristes y la Carrera del Darro, la ciudad reflejaba su silueta en las aguas del río. En sus orillas trabajaban lavanderas, acequieros y buscadores de oro, y por sus puentes transitaban comerciantes y viajeros que encontraban en Granada un rincón de ensueño.
Pero el tiempo, implacable, cambió el destino del Darro. Con el progreso llegaron el desapego y la indiferencia, y el río, antaño vibrante y esencial, comenzó a ser visto como un obstáculo. Desde el siglo XVI, se iniciaron las obras para embovedarlo, ocultándolo bajo calles y plazas. Uno a uno, desaparecieron sus puentes, sus aguas dejaron de alimentar los canales que regaban huertas y jardines, y su curso quedó reducido a un breve tramo entre Plaza Nueva y el puente del Aljibillo. Lo que fue la arteria vital de Granada se convirtió en un espejismo de piedra y asfalto.
Hoy, cuando la luz del atardecer se refleja en las aguas del Darro en el Paseo de los Tristes, la nostalgia se hace presente. La ciudad aún guarda en su memoria el rumor de su río, el sonido de sus fuentes y el frescor de sus acequias. Tal vez, en un futuro, Granada recupere el pulso de su historia acuosa y vuelva a mirar con cariño a su olvidado Darro. Hasta entonces, su cauce seguirá esperando, oculto bajo la ciudad que una vez le perteneció.
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