Fiesta del DÍA DE LA CRUZ, «en el cuartelillo»
¿Conoce alguno de ustedes o ha oído hablar del sargento Colomera? Colomera, una figura pintoresca de la Guardia Civil que mantenía el orden en el barrio morisco de Albaicín. Un día, durante el Día de la Cruz, los vecinos organizaron una fiesta con música y baile en el patio de una corrala, pero el sargento Colomera impuso un toque de queda para la medianoche. Sin embargo, al ver la alegría de la gente, permitió que la fiesta continuara en el patio del cuartelillo de la Guardia Civil hasta el amanecer, donde todos fueron detenidos y obligados a bailar y cantar hasta la mañana siguiente. La historia, aunque parezca increíble, se basa en la peculiar personalidad del sargento Colomera.
Esta anécdota, publicada por José G. Ladrón de Guevara en el especial de IDEAL por el Día de la Cruz el 03/05/2001, refleja la atmósfera y el carácter de un momento particular en la historia del Albaicín, dejando entrever la influencia y el peculiar estilo de Colomera en el barrio. Ahora, adentrémonos en la narración de esta curiosa historia. Les transcribo el artículo a continuación:——————————————————
FIESTA EN EL CUARTELILLO. AQUELLA NOCHE
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Del pintoresco, y ya mítico, sargento de la Guardia Civil, conocido por el Colomera, que mantuvo el orden público del Albaicin, al estilo de un adusto y justiciero sherif, del lejano Oeste americano, durante algunos de aquellos dificiles años de la pos-guerra, se refieren anécdotas que no siempre se corresponden con la realidad de los hechos. A estas alturas, la verdad es que ya no se sabe, después de tanto tiempo, si lo que se cuenta de aquel insólito personaje pertenece al género de D la historia o de la leyenda.
Por entonces se comentaba que un año, el día 3 de mayo, los inquilinos de una casa de vecinos decidieron montar una Cruz en el patio de la corrala; a cuyo efecto la comisión organizadora se presentó en el carmen de Los Mascarones, a la sazón casa-cuartel de la Benemérita, con la finalidad de solicitar el preceptivo permiso de la autoridad representada por don Antonio; que así se llamaba, y así lo trataban, respetuosamente, los albaicineros.
El Colomera tenía establecido una especie de toque de queda para el viejo barrio morisco; de tal modo que a partir del anochecer se convertía en un remanso de paz y silencio, sólo perturbado por el gorjeo de los ruiseñores encelados, el ladrido de los perros vagabundos o el croar de las ranas insomnes. Puro lirismo.
Dadas las circunstancias del caso, al sargento le pareció razonable conceder su venia para que, con motivo de tan piadosa festividad, organizaran, también, una verbena para que la gente joven se marcara unos bailongos, decentes, a los acordes de música producida por un dúo de bandurria y guitarra, al tiempo que daban buena cuenta de unas ricas jayuyas del horno del Ayuso, remojadas con la típica sangría unas copichuelas de anís para los mayores. Nada. Muy bien. Que se celebre la fiesta.
-Pero, ojo, a las doce de la noche que se acabe el asunto y a dormir todo el mundo.
-Lo que usted diga, don Antonio.
Los vecinos, tan contentos, montaron la Cruz, aportando cada cual, sus más preciados objetos. Mantones de Manila y colchas de seda, faroles y cornucopias, peroles de cobre y candelabros de bronce, imágenes y cuadros de santos, cacharros de Fajalauza y jarrones de metal, macetones de aspidistras y tiestos de geranios. Un gato de yeso. Y el pero y las tijeras. Un primor. Lo más grande.
Y empezó la jarana. La gente, se fue animando de tal manera que aquello parecía una boda o un bautizo, rumbosos, o que le había caído el Gordo de la Navidad a todo el vecindario. Y los músicos, incansables, dale que te pego a los instrumentos de cuerda. A las doce y un minuto de la noche, cuando mayor era el jolgorio, y más ganas tenían los allí reunidos, grandes y chicos, de divertirse, se presentó, como una aparición fantasmagórica, don Antonio, ‘El Colomera’, de paisano, seguido por una pareja de guardias uniformados, siendo recibida su legada con un aplauso unánime y estentóreos olés, como si se tratara de un torero, triunfador, dando la vuelta al ruedo. Se dijo que ‘El Colomera’, sin perder la compostura, impertérrito y atusándose el mostacho, preguntó por el organizador de la función, que ya estaba algo pasado de anís del Mono, y una vez en su presencia le preguntó que a qué hora le habia dicho él que debería terminarse la fiesta. A las doce, don Antonio. Pero, fíjese usted, la gente lo está pasando fenómeno, y sería una lástima suspenderla ahora, dejándolos con la miel en la boca. Un día es un día. Vamos, niña, tráele a don Antonio una jayuya y una copita de anis.
Ni hablar. Bonico era él para aceptar lo más mínimo de nadie. El sargento meditó un momento, rascándose el cogote, y luego va y le dice, al hombre que parecía ser el responsable de todo aquello, que si lo que les pide el cuerpo es seguir con la francachela, porque no tienen bastante, todavia, desde que empezaron por la mañana. Usted lo ha dicho, don Antonio. Ea, pues vamos a divertirnos. Adelante con los faroles. Y se los llevó a todos, detenidos, hasta el patio del cuartelillo, donde los tuvo, por cojinetes, hasta el amanecer del dia siguiente, a pan casero y agua del aljibe, bailando sin parar y cantando, en sesión continua, «Niña, asómate a la reja, que te tengo que decir.». Y cosas así.
A partir de las once de la mañana, del día cuatro, los fue soltando, uno a uno, hasta que se quedó solo con los guardias de servicio. Aquella noche del Día de la Cruz nunca la olvidarian los moradores de una casa de vecinos albaicinera, que ya seguramente no existe, porque la habrán derribado. Yo no sé, la verdad, si esta historieta sería, o no, cierta. Lo que pasa es que, conociendo la rara personalidad de aquel puntilloso guardián del Albaicín, no me parece inverosímil. O sea, que fue posible. Lo que sí puedo asegurar es que en aquellos tiempos, por aquel barrio, desde el anochecer y gracias al sargento Colomera, sólo transitaban las ánimas benditas, los fantasmas gaseosos y el viento que mecía los cipreses. Lo digo para conocimiento de sus actuales vecinos. Y entre ellos, mi buen amigo Paco Izquierdo, artista y mártir por lo que sufre, el hombre, aguantando los coñazos que le prodiga cierta gentuza, que ahora merodea a sus anchas por los callejones del histórico barrio, patrimonio de la Humanidad. Se nota que ya no lo vigila el insólito sargento Colomera.
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