Yo nací cuando nuestro país se estaba reconstruyendo tras la barbarie de la guerra civil, en plena autarquía, cuando la comunidad internacional, tras haber eliminado a Hitler, decidió consagrar los sistemas democráticos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, entendieron los aliados, no quedaba hueco en el mundo para regímenes totalitarios, ya fueran de derechas (España o Portugal), ya fueran de izquierdas (todo el bloque comunista). Se le llamó guerra fría y en virtud de los nuevos principios de ética política, se sometió a los países dictatoriales a severos bloqueos que pagamos los inocentes habitantes, a los que no se nos había pedido opinión sobre nuestro grado de connivencia con nuestros dictadores, quienes, sencillamente, nos tenían sometidos a su pensamiento único, a la censura de la prensa, a una legislación que constreñía claramente las libertades. El Régimen franquista no contaba con apoyos internacionales y los españoles sufrimos un bloqueo cuyas consecuencias pagamos los españolitos de a pie durante aquellos tristes años del hambre. 
 
Pero cuando los regímenes fascistas de derechas fueron cayendo, ya solo quedaron dos bloques, el occidental y los regímenes del bloque comunista, metafóricamente cerrados a la democracia tras el Telón de Acero.
Ahora Occidente se enfrentaba a los comunistas y el Régimen español destacaba en ese cometido, así que pasamos de ser un repugnante país fascista a un socio del tío Sam, siempre que les prestáramos suelo para implantar en nuestro territorio nacional las bases americanas.
 
El presidente americano Dwight D. Eisenhower visitó España en 1959, se paseó con Franco y milagrosamente, pareció que ya había libertades en nuestro país, que ya no éramos la dictadura de antes, que éramos buena gente. Y el bloqueo terminó. Y el hambre de aquellos años negros fue también desapareciendo. Como una limosna a la que teníamos que estar agradecidos, a la escuela llegaron unos misteriosos bidones de cartón y unas cajas llenas de latas doradas que contenían queso graso y mantequilla. Ahora íbamos a desayunar en el colegio, beneficiarios forzosos del programa de ayuda americana.  A cambio, las bases de Rota, Morón, o Torrejón de Ardoz podían contener el armamento que los americanos quisieran sin dar la menor explicación, y producto de aquello fue el accidente nuclear en el que se perdió una bomba atómica frente a las playas de Palomares, (marzo de 1966) lo que motivó una de las anécdotas más ridículas del franquismo: Fraga y sus mariachis bañándose en la playa de Palomares para demostrar a la escamada opinión pública que no existía el menor riesgo nuclear.
 
Aquellos desayunos, donación desinteresada de los americanos, trastocaron el orden interno de la clase. Los primeros días el maestro echaba en un barreño con abundante agua aquella leche en polvo, la desleía en lo posible (siempre quedaban grumos) y nos servía en los vasos que llevábamos preparados. Como ese método era lento y obligaba al maestro a fregar cacharros en un grifo no muy higiénico, terminó por partir los trozos de queso o dividir aquella mantequilla endurecida por el frío y aquel misterioso polvo y nos los llevábamos a casa, envueltos en cartuchos de papel. Ya se acabó el desayunar y ensuciar cacharros en la escuela.
 
Por el camino, con un salivazo en la mano hacíamos pequeños grumos de leche en polvo que devorábamos y nos comíamos la mantequilla a bocados, sin observancia alguna de los horarios adecuados. Además, cuando la temperatura subía, la mantequilla y el queso se derretían y los libros y cuadernos llegaban a casa totalmente pringados, lo que constituía un serio problema.
 ¿Qué cabía esperar de mi generación, una generación que tuvo que pasar por la humillación de que fueran los americanos quienes nos dieran el desayuno? Contra todo pronóstico, aun llevando todas las papeletas para ser una población borrega e idiotizada por las consignas del Régimen, salimos bastante aprovechables en general: respetuosos, plurales, diversos, cada uno en su papel y sin ganas de batallas ideológicas. Al menos así ha sido hasta estos últimos años, en que la diversidad política ha derivado en desvergonzado enfrentamiento lleno de saña y mala baba. Como está claro que Donald Trump esta vez no nos va a mandar leche en polvo, tendremos que alimentar nuestra democracia y nuestra cortesía política con alguna dieta misteriosa, a base de respeto, pluralidad, aceptación de postulados distintos, destierro definitivo del insulto y los modales broncos, etc., una dieta muy provechosa, aunque no incluya mantequilla ni queso americanos.

FOTO: Joan Baeza