Desde hace algún tiempo, he venido pensando que felicidad significa algo positivo y valioso, pero, en el fondo, trivial y, hasta aburguesado para mucha gente: buena cuna, buena educación, buena carrera, buen matrimonio y bolsillos llenos.

No, no es eso lo que a mi entender encierra la palabra. Para mí es, en verdad, la plenitud misma, la existencia fuera del tiempo, la eterna música del Universo. Y esta música presente no conoce el tiempo, ni la historia.

Eternamente brilla mientras, hombres, generaciones, pueblos e imperios nacen, florecen y vuelven a hundirse en la sobra y en la nada. Abramos bien los ojos, el carrusel sigue girando. Y respirar en esa plenitud del presente, cantar en el coro de los mundos, participar en la danza del Universo, reír en la eterna sonrisa de Dios, es la felicidad. ¡La Felicidad!

Alrededor de ella gira todo un mundo de luz, de color y de magia. Es polvo de estrellas que, al caer en nuestras mejillas, nos ilumina y nos impulsa más allá de nuestras miserias, de nuestras limitaciones. Y aún mucho más allá, allí donde pululan las fuentes del entusiasmo, de la fe, de la alegría, allí donde quedamos ligados, ya para siempre, a una estrella errante que, en gesta eterna y maravillosa, camina en pos de la libertad, sin más tapujos, sin más mentiras, en pos de la libertad imposible, dejando en cada movimiento zigzagueantes estelas, que alumbran los más oscuros rincones de nuestras almas atormentadas, como estallidos de esperanza y de emoción en noche oscura de sueños apasionados.

Algunas veces he vivido en ese mundo fascinante. Fue en mi tiempo de escolar y lo esencial en ellas, lo verdadero, original y mítico, el estar absolutamente liberado del tiempo, de la esperanza y del temor, de las presiones ambientales o circunstanciales, no debió durar mucho en mi ánimo.

Una mañana desperté con una sensación dulce y profunda de alegría, de claro bienestar, que traspasaba todos mis sentidos; como si en aquel preciso momento mi pequeño gran mundo infantil entrara en un estado nuevo, más elevado y sutil, en una nueva luz: como si toda la hermosura de la vida recibiera ahora, en este glorioso despertar, su pleno valor y sentido. Sin saber nada de ayer ni de mañana, me encontraba suavemente bañado por un feliz hoy. Una melodía lejana traía hasta mí, desde los coros de las estrellas, las primeras notas del alba.

Abrí la ventana y eché una ojeada al patio. Ví, junto al pozo, adormecido, vaporoso y tierno como una nube de algodón, a mi perro. Qué enternecedora imagen la suya. Cuánto respeto imponía su magnificiente figura en medio del misterio silencio que reinaba a su alrededor. A la sazón, recordé que era domingo: ¡No tenía que ir a la escuela! Así que, en un arrebato de alegría, me puse a realizar toda una gama variada de saltos y aspavientos poco ortodoxos. Cuando me faltaba ya el aliento, me arrojé sobre la cama, deshecha y aún cálida. Un gozo incontenible recorría todo mi cuerpo hasta hacerme cosquillas. Alerté mis sentidos en actitud de máxima receptividad y permanecí inmóvil unos segundos para no interrumpir aquel encendido frenesí entre sábanas. El luminoso y apacible mundo matutino penetraba en mí y me absorbía. Era feliz. ¡Allí estaba la felicidad!

Unos instantes después irrumpió a lo lejos algo inusitado, algo brillante y emotivo: el son de una trompeta. Y mientras me levantaba era ya a dos voces, a muchas voces poco después. ¡Sí, toda una banda de música! Los componentes de la banda, con sus vistosos uniformes, recorrían las calles a pleno tambor. Un acontecimiento único, de sonora solemnidad, ante el que mi corazón de niño reía y sollozaba al mismo tiempo, como si toda la felicidad, todo el encanto de esta dichosa hora confluyera en tan excitantes sonidos.

En un segundo salí de la cama y temblando de alegría festiva corrí a la puerta del dormitorio de mis padres, desde cuyas ventanas se veían las calles de la barriada aledaña a mi casa. Escuché entusiasmado los alegres sones musicales, ví las calles vestirse de vida y figuras, oí llantos de niños pequeñitos asustados por los estallidos de los cohetes que, entre melodía y melodía, se lanzaban hacia el arriba azul del cielo. De este modo, comenzaban las fiestas en honor a Santa Ana, Patrona del pueblo. Santa Ana, Maestra de culto en una mano, Madre en la otra. Madre e Hija, dos miradas absortas, estáticas y elevadas al valor más alto de la esperanza en un generoso esfuerzo de comprensión y ternura.

Cuando pasaron aquellos segundos inolvidables me hallaba de nuevo -vaya fastidio- bajo las leyes que dominaban un día vulgar y monótono. Y por más que no fuese un día vulgar, sino un día festivo en el que los metálicos sones musicales me despertaron, el verdadero origen de este encanto matinal ya había pasado. Pero, bien, ¡estamos en fiestas! ¡Vivan las fiestas! ¡Y viva Santa Ana! Pletórico de alegría, me vestí en un santiamén. Corrí a participar de la jarana del pueblo. Fui recorriendo las calles entre exornos primorosos, colgaduras, banderines y cinta bordadas con maestría filigranesca. Algún borracho entonaba la canción del eterno enajenado, empapado en alcohol y en desdicha -triste destino de un siempre triste regresar. Porque triste es querer suplir con nuevos tragos el valor que falta para no claudicar-.

Asistí a cucañas y a rotura de pipos por concursantes con los ojos vendados, a vibrantes conciertos de la banda de música y a una divertida carrera de sacos. Observé la subida emoción popular y el jolgorio avivado por las casetas de feria. ¡Oh, alegre armonía popular! Julio engalana calles, patios y balcones con su mejor vestido y su mejor color. Madreselvas, rosas y geranios, nardos y claveles. Los últimos brochazos de cal, junto con curiosos detalles y algún motivo del más limpio cobre, reflejan la brillantez de un pueblo en sus días gloriosos. ¡Oh, alegre armonía popular!

Corre el turrón, corren los dulces, corren los niños y, tras ellos, los mayores corriendo van. Corre el vino y corren, cuánto corren las pesetas. Y, en la garabulla corriendo va la fiesta, que se diluye minuto a minuto… Todo corre cuando los corazones se encienden en el común y noble sentir de un pueblo. ¡Oh, alegre armonía popular!

¡Estamos en fiestas! ¡Vivan las fiestas! ¡Y viva Santa Ana!

Entre el olor de la muchedumbre, irrumpe en la memoria los ecos de la fiesta. Ecos de palmas y guitarras sin temple que alientan a una multitud frenética y desafiante. En el interior de algún corro, una guapa muchacha alza sus brazos al sol, moviendo con sensibilidad exquisita su cuerpo todo, en indescriptible juego de testuz morena. Se establece un diálogo, casi milagroso, entre quiebros y requiebros, entre plantes y desplantes, entre el revoloteo corporal y su sombra, entre lo terrenal, lo fútil, lo pasajero y lo celestial, lo artístico, lo perenne.

Asistimos entonces al milagro consumado del arte. En aquel entonces, con la frescura y el encanto natural del niño, observaba todo a manera de juego interminable. ¡Qué divertido sería el mundo si todos jugáramos a ser un poco más niños!

En verdad, para mí, todo es un juego. El azaroso juego entre la dicha y la desdicha, entre la razón y el deseo, entre el sueño y la realidad. ¿Sueño? ¿Realidad? ¡Qué más da! Es sólo un juego. En él ni se gana ni se pierde. Sólo pasamos la jugada al siguiente jugador. Y así siempre. Juguemos, pues, con alegría, humildemente, para que el jugador siguiente conozca las cartas que hay sobre la mesa y pueda aprender nuestras mejores jugadas. Sin trampas ni cartón. Porque sólo las inteligencias más humildes, las más rectas, viven y comprenden las ideas más elevadas. ¡Hagan juego, señores!

FOTO: https://www.ideal.es/granada/atarfe-vuelca-patrona-santa-ana-prepara-vivir-20230723234238-nt.html

Artículo editado por Corporación de Medios de Andalucía y el Ayuntamiento de Atarfe, coordinado por José Enrique Granados y tiene por nombre «Atarfe en el papel»