«El cronómetro paró a los treinta minutos, el homenaje no» Por Fran López
Aquella mañana Granada amaneció empapelada. Durante la noche, estudiantes, intelectuales y vecinos de la Vega habían recorrido calles y plazas pegando carteles casi a escondidas, esquivando la vigilancia de una dictadura que todavía no terminaba de marcharse.
A las cinco de la tarde del 5 de junio de 1976, miles de personas se reunieron en Fuente Vaqueros para homenajear públicamente a Federico García Lorca por primera vez desde su asesinato. El Gobierno Civil había autorizado el acto con una condición tan absurda como reveladora: solo podría durar media hora. Treinta minutos exactos para recordar al poeta más universal de Granada.
Aquel día el calor apretaba. Los autobuses no podían llegar hasta el pueblo y buena parte de los asistentes tuvo que recorrer a pie los últimos kilómetros. El polvo de los caminos se pegaba a la ropa y secaba las gargantas. Conforme uno se acercaba a Fuente Vaqueros aparecían los controles, los uniformes y las armas. La Guardia Civil vigilaba los accesos. La Policía Armada rodeaba la plaza. Llegaron con miedo en el estómago y alegría en el corazón.
Cincuenta años después, el pasado 5 de junio de 2026, Fuente Vaqueros volvió a mirar hacia aquella tarde histórica. El Centro de Estudios Lorquianos acogió una intensa jornada organizada por el Ayuntamiento de Fuente Vaqueros, el Ministerio de Cultura y el Instituto Cervantes para conmemorar el cincuentenario del primer «Cinco a las Cinco». La primera mesa redonda reunió a tres protagonistas directos de aquella historia: Eduardo Castro, Guillermo Busutil y José Carlos Rosales, tres de los firmantes del histórico manifiesto que hizo posible el homenaje.

Las anécdotas que compartieron sirvieron para comprender mejor la dimensión de lo vivido. Eduardo Castro recordó cómo, siendo un joven periodista recién incorporado como corresponsal radiofónico de la BBC, fue el encargado de dar forma definitiva al manifiesto a partir de tres borradores previos elaborados por distintos colectivos.
Guillermo Busutil confesó que tuvo que mentir a sus padres para poder acudir al acto. Procedente de una familia conservadora, recordó el miedo que sintió al contemplar la enorme presencia policial y la multitud congregada sin saber qué podía ocurrir cuando terminara el permiso gubernativo.
Quizá una de las imágenes más reveladoras la aportó José Carlos Rosales.Recordó como desde detrás del escenario observaba cómo un policía seguía el desarrollo del acto cronómetro en mano. Cuando los treinta minutos concedidos estaban a punto de agotarse, algunos organizadores negociaron discretamente unos instantes de cortesía. Temían que una interrupción brusca provocara tensión entre la multitud. Alcanzado el acuerdo, simularon una avería en el equipo de sonido para dar por concluido el homenaje de forma natural.

Tras estas intervenciones se proyectó el videoclip de A las 5 de un 5 de junio, la canción que Carlos Cano compuso inspirándose en aquella jornada inolvidable y que hoy vuelve a cobrar vida gracias a la participación de numerosas voces del panorama musical y del alumnado del IES Fernando de los Ríos de Fuente Vaqueros. La presentación corrió a cargo de su hija, Maranta Cano, heredera de una memoria que sigue encontrando nuevas formas de expresarse.
La jornada continuó con la presentación de la novela gráfica 30 minutos de libertad, obra del dibujante Juan Pintor, y culminó con el encuentro Memoria y vida de Federico, en el que participaron Luis García Montero, Laura García Lorca, María José Gálvez y Andrés Soria Olmedo.
Fue precisamente Luis García Montero quien ofreció algunos de los testimonios más emocionantes de la tarde. Recordó la impresión que le causó, siendo apenas un joven universitario, contemplar desde el autobús la cantidad de Guardia Civil apostada entre los secaderos de tabaco que rodeaban Fuente Vaqueros. Una vez allí, la imagen de la Policía Armada rodeando a la multitud con sus armas largas le hizo comprender que aquellos treinta minutos significaban mucho más que un acto cultural. Evocó una frase pronunciada aquel día por Manuel Fernández-Montesinos que el tiempo ha convertido en símbolo de toda una generación:
«Después de cuarenta años de silencio, nos conceden treinta minutos de libertad».
Luis recordó igualmente la tensión de quienes vigilaban el reloj mientras algunos intervinientes se extendían más de la cuenta. Y defendió una idea que sigue teniendo plena vigencia medio siglo después: si queremos transformar la sociedad, debemos militar también en los movimientos culturales.
Hubo además un momento especialmente conmovedor cuando evocó su primera visita a Granada junto a Almudena Grandes. Al pasar por Víznar y contemplar el barranco, comprendió que aquella tragedia también formaba parte de su propia historia. «Esos muertos estaban vivos y eran mis raíces», vino a decir.
Quizá ahí resida la verdadera importancia de aquel homenaje de 1976. No solo devolvió a Federico García Lorca al lugar que le correspondía. También permitió que miles de personas reconocieran sus propias raíces en una memoria compartida que durante demasiado tiempo había permanecido silenciada. Ayer, cincuenta años después, Fuente Vaqueros volvió a demostrarlo.
Porque el Gobierno Civil logró medir aquellos treinta minutos. Lo que nunca pudo medir fue su trascendencia. El cronómetro paró a los treinta minutos. El homenaje no.