Comprendo que la peregrina idea de restarle dinero a cuestiones indispensables como las corridas de toros o la multiplicación de cargos de confianza para destinarlo a educación es una rareza que pretendemos unos cuantos millones de españoles desinformados.

Ya advertía don Miguel Mihura, habitando en ese territorio fronterizo entre la prosa ágil y el teatro, que la sensibilidad es el traje de etiqueta del espíritu. Mihura, siempre entre sus ‘Tres sombreros de copa’ y ‘Ninette y un señor de Murcia’, supo captar con singular lucidez la voz de los señoritos de provincias que, como Dionisio o Andrés, se despistan a la primera de cambio, ya sea en el ámbito de la farándula o en ese París de pensiones modestas y aspiraciones frustradas. Ahí lo que importa es la ilusión momentánea de libertad para enraizar otra vez con la rutina.

En esa misma tradición de gracejo impostado, aunque sin finura literaria, se sitúa ahora el consejero de Cultura (es un decir) de la Comunidad de Madrid, ilustre murciano de familia bien vinculada al teatro, que ha convertido el parlamento en escenario para desplegar un monólogo surrealista, pleno de una supuesta ironía que, de tan absurda, no la ha captado nadie. Ni siquiera los de su propia bancada. Porque afirma Mariano de Paco Serrano (conviene distinguirlo de su padre y director de tesis, Mariano de Paco y Moya) que él pasaba calor en su colegio huertano y, voilà, hasta aquí ha llegado, chaqueta de lino y gomina, talentoso y triunfador donde los haya, inaugurando piscinas como Franco inauguraba pantanos, convencido de que el calor inspira. Lo afirmaba a propósito de la situación que viven alumnado y docentes que aprenden y trabajan con treinta y cinco grados a la sombra en sus centros educativos. Y, al día siguiente, por aquello de mantenella y no enmendalla, el consejero se ratificaba: que el sufrimiento agudiza y estimula los sentidos, aseveró, y si no, que consultásemos la biografía de Cervantes para entenderlo. ¿Y la de Cervantes por qué?, se preguntará el personal. Pues seguramente porque De Paco identifica, como suele suceder con esta élite de niños bien venidos a más, la épica del esfuerzo y la mala fortuna, rasgos cervantinos indiscutibles, con la negligencia institucional sistematizada.

Ya comprendo que la peregrina idea de restarle dinero a cuestiones indispensables como las corridas de toros o la multiplicación de cargos de confianza para destinarlo a educación es una rareza que pretendemos unos cuantos millones de españoles desinformados. Y por nuestra culpa seguramente andará ahora recordando -es un consuelo- aquella sentencia que abría ‘La conjura de los necios’, de Toole: “cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Porque, mientras nosotros, desde nuestra simpleza, creemos que niños y jóvenes deben contar con condiciones idóneas para favorecer su desarrollo intelectual, don Mariano, avispado como pocos, genialísimo él, ha comprendido que una educación pública de calidad resulta peligrosa, vayamos a que favorezca el pensamiento crítico. Cuando peor, mejor, diga usted que sí.

Por eso, para evitar que piensen y se percaten de que algunos mandamases como él son dignos herederos de los personajes del maestro Mihura pero con menos sutileza intelectiva, ni conviene aumentar el número docentes, esos díscolos huelguistas antisistema enfrentados a la brutalidad; y, menos aún, adaptar los centros educativos a la realidad climática aportándoles fondos, no vaya a ser que las nuevas generaciones nos salgan más listas de la cuenta. Al fuego con ellos, por tanto. O a las aulas, que para el caso, en Madrid, viene a ser prácticamente lo mismo.

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