Despacito, haciéndose el despistado, ha ido llegando un verano que tomó posesión ayer oficialmente del calendario, por eso de que ya podamos justificar los treinta y siete grados (y subiendo) que padecemos los ciudadanos de Granada. Hablar del tiempo ya no es la forma de entablar una conversación banal con la vecina en el ascensor, sino una manera de hacer terapia colectiva porque las frustraciones compartidas parecen más llevaderas. Y es precisamente en estos días marcados por el calor cuando mucha gente joven, casi recién salida de las facultades y aún casi sin ser consciente del todo, inicia una nueva etapa vital que se inaugura con unas oposiciones para secundaria. Muchos de ellos, quienes las aprueben y los que se queden cerca, serán profesores del futuro cercanísimo que es septiembre, cuando se incorporen a sus destinos docentes con la ilusión entremezclada la ropa de otoño y algunos libros que les ayuden a ir construyendo nuevos modos de enseñar que rompan una inercia de desmotivación preocupante.
Porque eso es lo que afrontamos quienes nos dedicamos al sacerdocio laico de la tiza. La prioridad ahora es defender la patria de libertad que es el conocimiento para entender esta realidad donde verdades y mentiras se enredan y se necesita estar bien atento para discriminar lo cierto de lo falso. Esa, tal vez, es la mayor responsabilidad de quienes asumen este reto: comprender que no basta con dominar un temario ni con memorizar una legislación de arenas movedizas; esto es: que la función primordial es orientar a los adolescentes en el confuso tránsito hacia la madurez intelectual, emocional y ciudadana.
Es una inmensa aventura cargada de retos la que tienen por delante, con momentos duros y con resultados que no siempre estarán a la altura ni de su sacrificio ni de sus expectativas. Está claro que
hay mucho de utopía en el oficio docente y se requiere voluntad férrea para afrontar las adversidades, que irán de la burocracia a las características del nuevo modelo social sustentado casi exclusivamente en el artificio de la tecnologización descontrolada. Pero es que estamos ante la ultimísima oportunidad que nos queda de rectificar el porvenir, porque en sus manos está la verdadera materia de esperanza, que es su alumnado, la auténtica posibilidad de transformar una forma de vivir que hay que replantearse porque nos hemos olvidado del esfuerzo y del trabajo diario. Este estilo de hacer las cosas tendrán que desmontarlo con paciencia en unas clases con ritmos de aprendizaje distintos e historias personales que no caben en los manuales; esa va a ser su verdadera formación cotidiana que es evaluable únicamente con la capacidad de escucha, de observación y de comprensión de que cada alumno es diferente desde la conciencia clara de que la enseñanza es, en esencia, un modo de estar en el mundo con voluntad de servicio desde el rigor y la sensibilidad y con una convicción profunda en el valor extraordinario de la palabra precisa y del pensamiento bien construido.
Educar es no perder la confianza en que enseñar sigue siendo un territorio fértil si se siembra cada mañana y se riega después despaciosamente, como si fuera una lluvia tibia y caladera. Merecen toda la fortuna del mundo porque su porvenir es ejercer como los guardianes últimos de la dignísima tarea que supone sostener una luz encendida en medio de las sombras.
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