21 septiembre 2026

Llega un momento en que, de demasiadas cosas importantes, han pasado ya más de treinta años. Nos alcanza el otoño y miramos atrás con el sepia anclado en las retinas, recordando con nostalgia la inocencia de aquellos veranos en que la luz se abrazaba al horizonte de las tardes eternas. No sabíamos entonces que lo teníamos todo, que poseíamos un universo de sueños por cumplir y ahí precisamente radicaba el misterio, esa alegría de vivir. Porque lo que sucedió en ese tiempo fue glorioso, debo decirlo.

Las jornadas veraniegas se encendían con los primeros ruidos en la cocina, invariablemente con la puerta entreabierta para que las sábanas no se adueñaran de las horas.  Alzar la persiana despaciosamente para verificar que comenzaba el día se antojaba una tarea de proporciones hercúleas; luego tocaba desayunar y se iniciaba un juego con las sombras que proyectaba el emparrado: nos entreteníamos identificando parecidos razonables, ya fuera la forma de una copa, un león rampante o el perfil de Portugal, tanto daba. No se necesitaba mucho más que eso, luz y sombra, fantasía y la capacidad de imaginar siempre atenta.

Era todo campo en derredor y, desde el exterior, sólo alborotaba el silencio el sonido rítmico de las chicharras primeras y algún coche que pasaba por la carretera cercana; mientras, los gorriones andaban a lo suyo, refugiados del calor en el limonero lunar, entre las hojas del naranjo o en el penúltimo algarrobo; su bullicio sonaba a trajín gozoso alborotando las nueve de la madrugada; digo madrugada porque, nosotros, quinceañeros que andábamos dejando atrás el sueño, creíamos transitar poco menos que el alba. Luego vendrían las faenas de limpieza y, ocasionalmente, preparar el almuerzo si la madre había salido a sus quehaceres. De esta manera alcanzábamos el mediodía, sin móvil y con libros, pero daba tiempo para todo: desde protestar por tener que barrer y fregar hasta tumbarnos debajo de un almendro a mirar pasar las nubes. Después venía el almuerzo, un rato de charla familiar y el telediario como preludio de las bromas impagables en esas siestas con treinta y cinco grados a la sombra hasta alcanzar -al fin- la cinco en punto.  

Inexplicablemente, el bochorno se convertía en revolución porque las tardes del estío empezaban pronto y estábamos listas para salir corriendo, con la ambición de no perder ni un segundo de diversión, de descubrimientos, de amistades inquebrantables y también de aquellos amores primeros. Pero antes había que llegar, desde el campo-campo, a la cafetería del pueblo o a la casa de las amigas; y así la aventura comenzaba para algunas de nosotras, con una vespa (la llamábamos ‘scooter’ con un inglés almidonado), fruto del sacrificio de los padres para acercarnos a la sociabilidad y hacernos un poco más autónomas.

Siempre de colores estridentes (roja, verde o malva, con casco obligatorio a juego), esas vespas se convertían en compañeras de andanzas prodigiosas, porque todo era nuevo, como recién nacido. Solo cuando el crepúsculo incendiaba los horizontes regresábamos, aunque planeando minuciosamente la jornada siguiente porque septiembre era algo muy lejano. Varias subíamos a ellas apresuradamente y acelerábamos por las cuestas del retorno mientras un vientecillo en contra jugueteaba acariciándonos la cara. Cómplices de un secreto inexplicable, nos mirábamos y reíamos. Ninguna lo supimos pero, por un instante irrepetible, habíamos sido plenamente libres.

Enteramente dueñas de un mundo feliz que ya no existe.

FOTO: Fondo Legados de la Tierra