«La parábola del tapón» por La parábola del tapón Jerónimo Páez y José Manuel Cassinello
Cada vez que abrimos el frigorífico para beber un poco de agua, libramos una pequeña batalla con el tapón de las botellas que la contienen.
No terminan de desprenderse, se resisten, cuelgan de una lengüeta terca, y en ese forcejeo doméstico nos asalta una pregunta que parece ridícula y no lo es: ¿a quién se le ocurrió que el tapón debía quedarse pegado a la botella, y cuánto ha costado esa genial ocurrencia?
La respuesta tiene nombre y precio. Nace de la Directiva europea 2019/904 sobre plásticos de un solo uso, aprobada en junio de aquel año bajo la Comisión Juncker y apadrinada por Karmenu Vella y Frans Timmermans. Su artículo 6 obliga, desde julio de 2024, a que los tapones de todos los envases de bebidas de hasta tres litros permanezcan unidos al recipiente. La lógica es impecable en su modestia: los tapones, por su tamaño diminuto, se separan, se pierden en las plantas de reciclado y acaban en el mar, donde figuran año tras año entre los objetos más recogidos en las playas. Si no pueden separarse, se reciclan con la botella.
El coste de este cambio relevante y, al parecer, muy beneficioso para el mundo, fue cualquier cosa menos modesta. Un estudio de PricewaterhouseCoopers para la industria europea de refrescos y aguas embotelladas calculó que habría que reconvertir unas mil trescientas cincuenta líneas de embotellado en toda la Unión, con una factura de entre dos mil setecientos y ocho mil setecientos millones de euros: moldes nuevos, maquinaria nueva, paradas de producción. Y una ironía que la propia industria denunció: el tapón adherido exige entre cincuenta mil y doscientas mil toneladas adicionales de plástico, revirtiendo años de esfuerzo por aligerar los envases. Europa gastó miles de millones en rediseñar el tapón; no en repensar el envase.
Ahí está, en miniatura, el síntoma de una civilización. Sabemos regular el detalle con minuciosidad de relojero y eludir la transformación de fondo. Discutimos la lengüeta y no el rumbo. Porque la pregunta verdadera no es por qué no eliminamos el plástico definitivamente –el PET es tan barato, ligero e inerte que ninguna alternativa lo iguala todavía: el vidrio pesa diez veces más y multiplica las emisiones del transporte, el aluminio es caro, los bioplásticos aún no maduran a escala–, sino hacia dónde vamos.
El tapón adherido exige entre cincuenta mil y doscientas mil toneladas adicionales de plástico, revirtiendo años de esfuerzo por aligerar los envases. Europa gastó miles de millones en rediseñar el tapón; no en repensar el envase
Kennedy lo formuló en 1961 con una precisión que Jeffrey Sachs recuperaría en El fin de la pobreza: teníamos ya en las manos el poder de abolir toda forma de pobreza o toda forma de vida. Estaba clara la elección, y estaba clara la deriva. Los libros sobre la destrucción de la diversidad y los documentales de Attenborough sobre la biodiversidad tuvieron un impacto inmenso; y si eran correctos –lo eran–, poco debe quedar ya de lo que anunciaban. Al final no hemos acabado con la pobreza y no tenemos claro el futuro de los humanos debido a los grandes avances que, además de contribuir a que vivamos más sanos y más años, nos amenazan debido a la posibilidad de que puedan llegar a ser más poderosos que los propios seres humanos que estamos, al parecer, felices de cuantos avances consigamos y que van camino de ser más que nuestros aliados, nuestros mayores enemigos.
Aquí conviene decir en voz alta lo que la retórica del desarrollo sostenible se empeña en callar: no existe la sostenibilidad. Existe, en el mejor de los casos, la destrucción reducida. No hablo solo de la destrucción creativa de Schumpeter, ese mecanismo del capitalismo. Hablo de algo más antiguo y hondo: desde que aparecimos en el mundo solo crecemos y avanzamos destruyendo. No somos como los animales, como los peces y los pájaros cuyo poder de destrucción es mínimo. Ninguna de sus especies afecta realmente a la Naturaleza. Desde que aparecimos en el planeta, el fuego neolítico que arrasó bosques, la megafauna extinguida por los primeros cazadores, el sapiens en su expansión que dejó un rastro de especies desaparecidas mucho antes de conocer la industria. La creación destructiva no es un rasgo del mercado; es una constante antropológica. La Revolución Industrial parecía que iba a humanizar el mundo, pero la terrible revolución digital lo está deshumanizando cada día más. Las máquinas empiezan a ser más importantes que los seres humanos.
Podemos reducir la destrucción. No podemos erradicarla. Y falta por saber si podemos seguir creciendo a esta velocidad sin pagar lo que Ian Morris llama la paradoja del desarrollo: cada nuevo avance genera las fuerzas que terminan por socavarlo.
No creo que exista un modo fácil de cambiar de rumbo, aunque sea necesario. La realidad es que seguimos inmersos en la hipocresía que hoy nos gobierna por doquier. Proclamamos que hay paz en Gaza mientras avanzan los colonos que destruyen a cuantos palestinos encuentran en el camino y así sucesivamente. Anunciamos la paz en el mundo entre guerras que no cesan. Declaramos la guerra al narcotráfico, mientras crece cada día el consumo. Y para colmo, hemos cometido el mayor error de la historia con la explosión demográfica.
Recordémoslo con los números en la mano, porque asustan más que cualquier retórica. Los sapiens tardamos unos trescientos mil años en ser mil millones: lo fuimos por primera vez hacia 1804. Hoy somos algo más de ocho mil doscientos millones; cruzamos los ocho mil en noviembre de 2022. Nos hemos octuplicado en dos siglos tras milenios de casi estancamiento. Y las migraciones: puede ser que unos setecientos millones de seres humanos viven hoy fuera del país donde nacieron. Si sumamos el proceso de crecimiento que existe todavía en África y que va a continuar durante los próximos quince o veinte años, aunque hay un mínimo de decrecimiento, la posibilidad de encontrar una vida digna para nueve mil millones de habitantes en el planeta no está clara.
Finalmente, hay que decir que la parábola –o, mejor dicho, la ironía– comienza en un tapón y termina en una pregunta que ninguna directiva europea sabe formular, y mucho menos resolver. El declive de Europa, iniciado con la Primera Guerra Mundial, nos condujo a un infierno del que estuvimos a punto de no salir tras la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, no hemos conseguido levantar cabeza. Nuestro gran problema no es reciclar los plásticos; si de verdad fuéramos consecuentes, nos plantearíamos eliminarlos definitivamente, como ya hemos dicho. Lo que sobra es hipocresía. Y lo que nos falta de verdad es habernos distanciado de la Norteamérica de Trump, y de la China de Xi Jinping y haber recuperado la solidaridad, la humanidad, y lo que fue Atenas y la Ilustración europea, y no haber aceptado entrar en la locura de la militarización del planeta y la lucha feroz de estas dos grandes potencias para ver quien va a controlar el mundo.
https://www.ideal.es/opinion/jeronimo-paez-y-jose-manuel-cassinello-parabola-tapon-20261025224408-nt.html